Sinopsis: La película recrea la difícil
supervivencia de un grupo de soldados españoles de la División Azul en los
campos de trabajo soviéticos. La acción se inicia el 10 de Febrero de 1.943, cerca
de Leningrado. Se abre el film con un grupo de españoles prisioneros de la
última batalla acaecida en el Frente Ruso. Una voz en off introductoria
califica a Rusia de “país cruel, extraño y desconocido”, el inhóspito
lugar en el que nuestros compatriotas deberán tratar de adaptarse, con la
finalidad de superar la terrible prueba de la privación de libertad en tierra
extraña.
Tras 8 días de viaje a pie, llegan al primer campo de concentración.
El jefe del campo (José Franco, caracterizado con una nariz falsa) no quiere
recibirlos. Dice que no tiene sitio ni comida para más. Pero el oficial que los
transporta (José Villasante) tiene orden de dejarlos allí. El jefe pregunta si
trae algún oficial entre los prisioneros. Le contestan que sí, que cuatro: El
capitán Abrados (Antonio Vilar), el teniente Durán (Rubén Rojo), el teniente
Rodrigo (Mario Berriatúa), y el teniente Albar (Luis Peña). El jefe del campo
se lleva los cuatro oficiales a su despacho y trata de convencerles de que
colaboren, que trabajen con ellos, que se afilien al partido... pues es
consciente de que si ellos consienten la tropa les seguirá. Posteriormente, el
jefe reúne a todos los prisioneros para tomarles declaración. Los primeros en
declarar, Antonio Blas Naranjo (Jacinto Martín) y Miguel Rubio (Pedro Beltrán),
ofuscados por el pánico, tratan de negar cualquier animosidad contra sus
captores. Aseguran no tener religión, ni partido político. Uno asegura que está
allí por error, pues sólo quería viajar para ver mundo y le metieron en un cajón
con destino a Rusia, ¡a la guerra! El otro dice ser masón... Ante tal
vergonzosa actitud, el capitán Abrados da un paso al frente y se declara
católico y anti-comunista. Su valentía contagia a los demás. Le vitorean unos,
como el soldado Andrés Rodríguez (Mario Morales) y le secundan otros, como el
soldado Miguel García (encarnado por Miguel Ángel), quien afirma ser “católico,
apostólico y romano”, todos se entusiasman manifestando su convicción
anti-comunista. Así, el jefe del campo vuelve a llevarse aparte a los oficiales
y, como castigo, los recluye en una gélida celda aislada. Antes de entrar, el
teniente Albar, que va el último de los cuatro, parece tener intención de
pactar con el comandante ruso, pero se arrepiente y pasa junto a los otros.
Según relata la voz en off del capitán Abrados, “A lo largo de aquel primer
año, diez veces más nos encerraron en aquella celda”. Después, la misma voz
nos informa de que la dureza de las condiciones de vida en el cautiverio,
semejante a la de la esclavitud. Forzados a trabajar en los bosques, talando
árboles y en las minas, extrayendo carbón para las centrales térmicas, los
prisioneros españoles son sometidos a un hambre atroz, y en el transcurso de
menos de un año, el número de trescientos se ve reducido en 46 bajas. En tan
terribles condiciones, es lógico suponer que flaquearán algunas fuerzas. Así,
el soldado a quien da vida Miguel Ángel protagoniza una pataleta ante el
capitán Ricardo Abrados, alegando, muy cabalmente, que tiene hambre y que por
no renunciar a sus principios, se está muriendo de inanición, por la cual cosa,
estaría dispuesto a negociar con sus captores. El capitán Abrados, inflexible,
le manda callar, a lo que el teniente Albar, más comprensivo con las
debilidades humanas, observa que allí, en medio de Rusia, no hay nadie a quien
traicionar y que bien podían transigir un poco, como hacen los prisioneros de
otras nacionalidades. Llegan entonces unos prisioneros muy ufanos porque han
comido y les han proporcionado botas nuevas (Jacinto Martín, Ricardo Lucia y
Pedro Beltrán, entre otros). Han firmado un papel para conseguir tales
atenciones, sin importarles poco ni mucho lo que firmaban. El capitán Abrados
hace leer al teniente Albar el contenido del documento. Resulta ser una
declaración en la que admiten estar siendo muy bien tratados por los rusos, que
trabajan poco y son muy bien alimentados, y que hasta disponen de duchas con
agua caliente. Ante tal infamia, el capitán Abrados recoge la falaz declaración
y, tras romperla, va a entregársela al jefe del campo. Éste no se inquieta
demasiado ante la rebeldía del oficial español y asegura que todos los caballos
terminan por ser domados más tarde o más temprano. Le pide entonces al teniente
Durán, que acompañaba a Abrados, que se quede un momento con él a solas, y,
tras cerciorarse de que es cierto que el teniente tiene en España una hija de
ocho años que no sabe siquiera si su padre vive o está muerto, le promete a
Durán que podrá hablar con ella a través de la radio, y que para conseguirlo
tan sólo deberá acceder a leer un comunicado que él le facilitará. Pero Durán,
que sigue las directrices patrióticas de su capitán, se niega en redondo. El
jefe del campo comprende que aquellos oficiales son una mala influencia para su
tropa y, poniendo la excusa de una enfermedad contagiosa, traslada a Abrados,
Durán, Rodrigo y Albar, a otro destino, apartándoles del resto de los
prisioneros.
Les despiden, muy apenados, sus subordinados (entre los que
distinguimos, además de a los anteriomente citados, a José Luis Heredia), que
piensan que quedan desamparados y perdidos, sin sus oficiales. En el nuevo
campamento al que son trasladados, los cuatro oficiales encuentran viejos
conocidos, a los que Abrados reconoce y llama por sus nombres, los capitanes
Valdivia (Manuel Dicenta) y Astúa (Pedro Fenollar). Después de saludarse todos,
Valdivia les presenta a Silvestre (Javier Armet), un italiano “de primer
orden”, que será “compañero de camastro” del capitán Abrados, y el
capitán León (Héctor Bianchotti) se presentará a sí mismo. Al poco de
inspeccionar su nuevo alojamiento y de enterarse de que allí los rusos
pretenden hacer trabajar a los oficiales (pese a prohibirlo la Convención de
Ginebra –como se explicaba reiteradamente en “El Puente Sobre el Río Kwai”),
el capitán Abrados es convocado por el oficial al mando del centro de
reclusión, el coronel Nobikov (Ricardo Canales, magníficamente caracterizado).
La entrevista no dura mucho y en ella queda de manifiesto que el capitán
español no ha cambiado de actitud por el traslado. Surge una fricción con un
general alemán (Rolf Wanka), igualmente prisionero, que sí ha cedido a las
exigencias rusas, despojándose de sus insignias y aceptando trabajar y que pide
a los españoles que no avergüencen a los demás manteniéndose firmes. Abrados
manifiesta no sentirse obligado a tener consideración con alguien que se
considera un exmilitar y se gana, de paso, el respeto de un oficial alemán
(Reiner Penker) que se cuadra ante él. Llega al campo una orden especial por la
cual es imperativo que los oficiales trabajen y son todos convocados en el
patio para que empiecen las tareas, pero Abrados se rebela manifestando que la
ley está de su parte. Los demás oficiales españoles le secundan (distinguimos
entre ellos a Ángel Aranda, que da vida al soldado italiano Giovanni), por lo
que Nobikov les hace pasar a su despacho. Allí Abrados se mantiene en sus trece
y le dice a su captor que sólo el ministro de Asuntos Exteriores ruso podría
revocar el acuerdo firmado por la Unión Soviética acatando la Convención de
Ginebra. Nobikov cree estar hablando con un loco. Así las cosas, llega el final
de la guerra. Sin embargo, eso no supondrá el fin del cautiverio de los
voluntarios españoles. Tras la Victoria Aliada, a los prisioneros españoles les
someten a ocho meses de reclusión en celdas de castigo. La voz en off de
Abrados destila ironía al referirse al mundo de los vencedores como un mundo de
“libertad”. Le queda, empero, el consuelo de haberse ganado, con su gallarda
actitud, inquebrantable, el respeto para su país de los restantes prisioneros,
representantes de otros ocho países distintos. La actitud calderoniana e
hidalga de los españoles les está llevando a no pocas privaciones en su
cautiverio soviético.
Tal estado de cosas choca con la naturaleza, menos espartana
y más hedonista, del capitán Albar quien harto de carecer de los más
elementales placeres, se pasa al enemigo, abrazando el comunismo, lo que le
proporciona, en primer lugar, una noche de pasión con una “mujer estupenda” y
después, el repudio de sus antiguos compañeros oficiales y hasta un bofetón de
parte del teniente Rodrigo. Tras este incidente, se suceden los episodios en “Embajadores
en el infierno”. Asistimos a un proceso militar contra los oficiales
españoles, en el que el coronel Chorne (Antonio Prieto) se encarga de la
acusación y en el que el teniente Albar será un testigo denunciante
(desacreditado por sus propios actos). A este procedimiento, que sirve
básicamente para que Abrados haga una de sus encendidas proclamas, sigue una
huelga de hambre de los prisioneros españoles, que, torpedeada por el
comandante al mando del nuevo campo (Valeriano Andrés), que trata de hacer
creer a la tropa que sus oficiales les han traicionado y han vuelto a comer,
siega la vida del capitán Astúa. Después de no conseguir obligarles a comer,
los pérfidos comunistas ponen a los díscolos y valerosos españoles bajo las
órdenes directas del teniente Albar. “Desde ahora, él es su jefe”, les
dice el coronel Yuri (el excelente actor de doblaje Félix Acaso). Albar asegura
haber accedido a aquel puesto precisamente para tratar de mejorar la situación
de los prisioneros españoles, sus antiguos camaradas, y les ofrece su mano y su
amistad, pero todos le rechazan. Después, intenta conseguir que la tropa firme
su renuncia a la nacionalidad española a favor de la soviética, consiguiendo
convencer únicamente al soldado Antonio Blas Naranjo (Jacinto Martín). Cuando
llega la orden de repatriación, haciendo uso de un extraño sentido del humor,
el alto mando adjudica a Albar la misión de controlar el embarque de los
españoles repatriados. El ahora ciudadano soviético teniente Albar debe tender
el puente que permitirá a sus excompañeros volver a la lejana España. En forma
patética, Antonio Blas trata de abordar el buque, pero es rechazado porque,
como el mismo Albar le dice, él no puede estar en la lista, pues presentó la
renuncia a la ciudadanía española. Ahora es un soviético más como él mismo. Al
ver zarpar el barco, Albar no puede soportar más el punzante dolor que le
produce haber elegido quedarse en tierra extraña y se quita la vida
descerrajándose un tiro. Antes ha visto marcharse a oficiales y soldados, desde
el valiente y terco capitán Abrados, hasta el soldado Miguel García (Miguel
Ángel) o a Manuel Heredia Expósito (Ricardo Lucia).
En “Embajadores…”, una película que se había ofrecido en primer
lugar al falangista José Antonio Nieves Conde y que entroncaba su inspiración
dramática en “Traidor en el infierno” (Stalag 17, Billy Wilder,
1.953). El film perseguía el éxito cosechado
por “La Patrulla” (Pedro Lazaga, 1.954) en su tratamiento de la suerte
sufrida por los miembros de la División Azul que quedaron prisioneros en campos
de concentración rusos al término de la Segunda Guerra Mundial, tomando los
autores Teodoro Palacios Cuetos y Torcuato Luca de Tena los testimonios de los
repatriados como base del argumento, en el que se hallan peripecias
coincidentes con algunos elementos presentes en la novela de Pierre Boulle “El
Puente Sobre el Río Kwai”, adelantándose así incluso a la versión
cinematográfica que de ella realizaría David Lean y que estrenaría un año
después con éxito mundial.
La producción “Rodas SA” fue estrenada con éxito apoteósico (José María
Forqué fue literalmente sacado a hombros, a la conclusión de la proyección) el
17 de Septiembre de 1.956 en el Palacio de la Música madrileño, local en el que
se mantuvo 35 días en lo alto del cartel. Rodada en Burguete (Navarra), con el
asesoramiento técnico militar del comandante Luis Martín de Pozuelo, y el de
ambientación de Ángel Salamanca. En un elenco tan exuberante (repleto de
actores procedentes de los Teatros Nacionales), Luis Peña tiene a su cargo uno
de los papeles de más responsabilidad, más cargado de dramatismo. Es el suyo el
drama del hombre moderno, sin convicciones ni principios, a merced de sus
debilidades. Forqué, muy satisfecho del rendimiento de Luis Peña, le confiará
en años venideros otros roles en los que lucirse y que reúnen un perfil
psicológico que contiene no pocos puntos de contacto con el del “débil” capitán
Albar. Antonio Vilar es el capitán Ricardo Abrados, el líder indiscutible a
quien secundan (no sin cierto servilismo) el teniente Pedro Rodrigo (Mario
Berriatúa, que prácticamente se limita a ser la sombra de su capitán) y el
teniente Luis Durán (Rubén Rojo). El elemento disidente es el teniente Alvar,
encarnado por Luis Peña, un soberbio actor al que José María Forqué supo
aprovechar como nadie, en cuantos papeles le otorgó, como en las posteriores “De
Espaldas a la Puerta” (1.959), o en “091, Policía al Habla”(1.960) ,
sabiendo ver en él la vena hedonista del señorito carente de escrúpulos .
Precisamente, esa inclinación del personaje de Alvar le lleva a sucumbir a la
tentación (“era una mujer estupenda”) que le aparta de la férreas convicciones
de sus compañeros y a pasarse al bando comunista, lo que le vale ser abofeteado
por Pedro Rodrigo en el único momento en que el personaje de Mario Berriatúa
hace algo por su cuenta. En este sentido, su actitud al final del film, cuando
se entera de que en España, en el puerto de Barcelona, le esperan su cuñada y
su sobrino (cuya existencia ignoraba) resulta un tanto patética, máxime cuando
el personaje de Rubén Rojo demuestra con poco disimulo que le interesan muy
poco sus impresiones: “¡Pero si yo creía que no tenía a nadie!”, es su
última frase. Luego aparece por última vez en un plano en el que le coge la
mano a su capitán, al divisar el puerto de destino en un gesto harto equívoco.
Por lo demás, la película contiene actuaciones bastante meritorias de un
reparto enteramente masculino, que incluye a Manuel Dicenta (poco pródigo en
experiencias cinematográficas valiosas) en el papel del suboficial Valdivia, a
Javier Armet y a Ángel Aranda como los italianos Silvestre y Giovanni (el cual,
por cierto, tiene la desgracia de ser abatido a tiros por abandonar la
formación para recoger florecillas el mismo día en que iba a ser repatriado a
Italia, en el colmo de la mala suerte). Entre los soldados prisioneros,
encontramos a Mario Morales como Andrés Rodríguez, a Pedro Valentín, como Ángel
de la Varga y al actor Miguel Ángel que hace el papel del soldado Miguel
García, uno de los más débiles y por ello más heroicos; también a Jacinto
Martín como el soldado Antonio Blas Naranjo, que por renunciar a su nacionalidad,
siguiendo el ejemplo del teniente Alvar, no consigue la repatriación, y a otros
actores en papeles menores, como al inmenso doblador Félix Acaso y al versátil
Pedro Beltrán. En el bando contrario, dando vida a los crueles carceleros, que
aparecen en progresión maligna, aparecen el apático oficial al que encarna José
Franco (con nariz postiza), el maquiavélico Antonio Prieto como coronel Chorne
y Valeriano Andrés -como uno de los más crueles oficiales en un campo de
concentración soviético en el que se las hace pasar canutas a los valientes
divisionarios Antonio Vilar, Manuel Dicenta y Rubén Rojo- caracterizado con una
nariz parecida a la que lleva José Franco y una perilla tomada prestada de
Lenin.
Es
una obviedad que esta película es un vehículo de exaltación falangista.
Difícilmente podría ser otra cosa, filmada dos años después del regreso a
España de los divisionarios supervivientes. Pero está rodada, sin embargo, con
pericia y soltura, la ambientación es buena, posee algunas escenas de cierta
intensidad dramática, la narración es ágil y demuestra un notable sentido del
ritmo, no en vano Forqué firmaría pocos años después “Atraco a las Tres”.
LO
MEJOR:
Un
orgullo patrio que, aunque a veces roza la exaltación patriotera, más que
patriótica (con el riesgo de rozar el ridículo –pero son los 50, es
comprensible-) que parece ya olvidado por la ciudadanía española.
Siempre
me vienen a la mente estas palabras:
“Quien
al oír “¡Viva España!”
Con un “¡Viva!” no responde
Si es hombre, no es español
Y si es español… No es hombre”.
… En
definitiva, estamos ante una película de cuando “La Roja” era La
Azul.
LO
PEOR:
Lo
que lastra la película, en todo caso, no es su tufo propagandístico o su
maniqueísmo. Que a los rusos se les pinte como cretinos integrales o bestias mentirosas
y crueles entra dentro de lo normal, pero es que el tal Adrados no es mucho
mejor. Es un bravucón y un fanático, un doctrinario al que no cuesta mucho
imaginar descerrajando tiros en cunetas y tapias de cementerio, que impide a
sus hombres cualquier tentación desviacionista, usando si conviene la amenaza.
Para él no existen los hombres, sólo existen las ideas, y cualquier sacrificio
de vidas humanas es poco con tal de volver a España “por la puerta grande”. No
hay piedad ni humanidad ni para rusos ni para españoles en esta película, que
pasa por alto la pluralidad de motivos de los divisionarios, sus dilemas, dudas
y miedos profundos, juzgados únicamente en función de su grado de fidelidad a
una abstracción que desprecia el sufrimiento de sus víctimas.
Por desgracia, se quedan cortos al retratar a los
carceleros soviéticos, que a las mínimas de cambio te descerrajaban un tiro… El
libro “Embajador en el Infierno” sobre el cautiverio en Rusia del
capitán Teodoro Palacios, narra con sencillez y dureza, los horrores de los campos
de concentración rusos. No obstante, comparativamente, “Embajadores en el
Infierno” (se cambió el título del libro, poniéndolo en plural) es una
película floja, en el sentido que no transmite la dureza y los horrores de lo
que realmente sufrieron esos españoles confinados durante 11 años en diferentes
campos de la Siberia rusa. Adolece a mi entender de no comunicar lo que
realmente pasó y que el capitán Palacios desgrana página a página, asombrando,
indignando y asustando al lector, al contar cosas tan terribles, como el
canibalismo o tener que comer las heces de los rusos para poder sobrevivir. La
película es más lírica y suave, romántica si cabe, buscando ese romanticismo en
el mismo infierno. Queda una película pendiente sobre este tema y sobre todo,
de la División Azul, que tanto ha sido exaltada, vapuleada, demonizada y
olvidada. El mismo Franco al final de la película: Franco ese hombre. Cuando
narra los logros y ayudas realizadas por España a Europa, omite citar a la División
Azul. No obstante, si no se la compara con el libro, es una película buena,
con buenos actores, bien dirigida y desarrollada, con un guión creíble y
sincero. Para el año 1.956, en la que se rodó, opino que es una gran obra del
cine español (y un increíble documento histórico-sociológico).
Si a eso unimos que carece por completo espíritu
autocrítico y que su versión histórica de los hechos es más bien para
militantes y afiliados, no podemos más que suspenderla.
CONCLUSIÓN.
En
definitiva, estupenda película en blanco y negro sobre los combatientes
españoles en la División Azul que fueron hechos prisioneros y se pasaron un
montón de años en campos de concentración rusos, sobre su calvario, sobre sus
honores y dignidades, también sobre los que abdicaron de su nacionalidad y se
pasaron al bando soviético. Una película hermosa en el sentido patriótico (amor
a la patria de la que uno procede, por la que uno siente nostalgia, donde uno
ha dejado sus raíces y su familia, donde están los sabores y comidas que más aprecia
en la vida, en definitiva sobre el amor al país donde uno nació, se forjó y del
que es representante y embajador en medida individual).
Muchos
critican esta película diciendo que es trasnochada propaganda fascista porque
trata como a héroes a los españoles y deshumaniza a los soviéticos (ahora,
estos detractores deberían ver “Camino a la Libertad” -Peter Weir,
2.010- o leer a Solzhenitsyn): “Nos encontramos ante una propaganda
bochornosa del franquismo, abierta y descaradamente maniquea, que se ocupa de
mitificar al héroe español como Dios manda (patriota, católico, e íntegro) y
hacer un homenaje a todos los hijos incorruptibles de España que lucharon en la
División Azul contra el comunismo ateo en defensa de los valores del país de la
Cruzada contra el Bolchevismo”, resaltaba una crítica actual al film… Seamos sinceros: En
todas las naciones del mundo se hacen películas en las que ponen a sus soldados
como héroes, probablemente en muchos casos exagerando y en otros probablemente
no tanto, pero parece que en España no se pueden hacer películas en las que se
ponga como héroes a soldados españoles, especialmente si se trata de soldados
que lucharon contra el comunismo y no por éste.
Creo por tanto, que está
justificado el tratamiento de “héroes” que se les da a estos soldados
españoles, merecido aunque sea solo por el simple hecho de sobrevivir a las
infrahumanas condiciones del Gulag. Es verdad que catalogarla de “Fascista”
podría parecer excesivo, y lo es, pero teniendo en cuenta que ya estamos
avanzados los años 50, y que la etapa autárquica de los 40 ya pasó a mejor
vida, hacer una película como esta que parece concebida en plena II Guerra
Mundial sobraba. No hace falta que indique que tiene la misma objetividad de un
Comisario de la GPU. en una visita de Benedicto XVI y que como era de recibo
entonces –y siempre- es totalmente parcial, dirigida sólo para ensalzar al 50%
y envilecer al otro 50% (lo mismo de ahora, pero al revés).
Y es que José María
Forqué, -magnífica su “Atraco a las Tres”-, como tantos otros en su
tiempo, tenían que pasar por el aro para poder trabajar en lo que querían. Ahora
también, no se vayan a creer. Por ello, el espectador no debe dejarse
cegar por un simplista punto de vista ideológico, sino intentar comprender de
manera más profunda las circunstancias que trata la película y entonces será
capaz de ver virtudes en ella, como pueden ser las interpretaciones, muy
superiores a la mayoría de las que se pueden ver hoy en día en el cine español. Dejando
de lado las orientaciones políticas y también los prejuicios que los ignorantes
sacan a relucir tan fácilmente estamos ante una peli que resalta y muy bien una
serie de valores que hoy en día brillan por su ausencia: Valor, honor, lealtad,
amistad, fuerza de voluntad, saber sufrir y más importante aún, saber morir...Valores
que bien conocían nuestros abuelos y que, estando en el bando que estuviesen
durante la Guerra Civil (o durante la II Guerra Mundial, ya fuese en la
División Azul o en La 9), o teniendo unas ideas determinadas poseían.
Realmente, quedé gratamente sorprendido por la calidad
cinematográfica de la película. Esperaba un panfleto más azul marino y me
encontré –si no todo lo contrario- sí al menos una película que pone el foco en
lo humano, en el verdadero significado de LA DIGNIDAD, que no es más que la
esperanza de volver a tener lo que uno echa de menos cuando está lejos, que es
su casa, su Patria ... España. Es cierto que explota los valores de la época,
muy lejos de los actuales, de materialismo extremo. Las actuaciones, el guión,
el desarrollo de la trama, son buenos, ni los fachas son tan fachas ni los
rojos tan rojos, pero hay una realidad histórica que es innegable: Stalin quiso
castigar especialmente a los españoles porque habían ido voluntariamente a
combatir el comunismo. Y cómo lo hizo.
Especialmente recomendable para todos aquellos progres
que siguen opinando que la bandera es sólo un trapo sin la más mínima
importancia…. Sí, claro, y los billetes son sólo papel.
FICHA TÉCNICA:
Dirección: José María Forqué.
País: España.
Año: 1.956.
Duración: 103 minutos.
Guión: Torcuato Luca de Tena, basado en su libro casi homónimo (sobre las vicisitudes del Capitán Teodoro Palacios Cueto).
Música: Salvador Ruíz de Luna.
Fotografía: Antonio L. Ballesteros.
Productora: Rodas P. C.
Protagonistas: Antonio Vilar (Capitán Ricardo Abrados), Rubén Rojo (Teniente Luis Durán), Luis Peña (Teniente Alvar), Mario Berriatúa (Teniente Pedro Rodrigo), Manuel Dicenta (Suboficial Valdivia), Pedro Valentín (Ángel de la Varga) Miguel Ángel (Soldado Miguel García), Mario Morales (Andrés Rodríguez), Jacinto Martín (Soldado Antonio Blas Naranjo), José Franco (Oficial de la NKVD), Antonio Prieto (Coronel Chorne), Valeriano Andrés (Oficial del campo), Javier Armet (Silvestre) y Ángel Aranda (Giovanni).
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