“La situación de seguridad hasta el puesto de combate de Ludina ha mejorado
mucho en los últimos tiempos aunque existe inseguridad y en cualquier momento
puede pasar algo: De cualquier modo, esto no deja de ser “Territorio Comanche”” (Teniente Coronel Carlos Echeverría, responsable de
G-4).
Masada, Santa María de la Cabeza,
Camerone, Numancia, El Álamo, la última posición del 44o Regimiento East
Essex en Gandamak… Muchas veces, como dijo el general Patton refiriéndose
al puente de Remagen, las guerras se resuelven en un diminuto punto del mapa.
Salvando las distancias, ésta es la historia de Moqur, una remota
posición donde ganar o perder un combate podía ser decisivo y decisorio…
"¡Lávate las manos
después de ir al lavabo, si no quieres coger el yala, yala!", avisaban
múltiples carteles colgados por todas partes en los retretes prefabricados del
campamento militar Ricketts, en la localidad afgana de Moqur. “Yala, yala”
es cómo los militares españoles llamaban a la diarrea, una de las principales
amenazas de las tropas en Afganistán. En el lavabo había que cepillarse los
dientes con agua embotellada y mantener la boca bien cerrada en la ducha para
no acabar cagándose patas abajo, de forma literal. Según dicen los militares,
el “yala, yala” es mortal.
El CAMPAMENTO
RICKETTS
era uno de los tres puestos avanzados de combate (COP, en sus siglas en inglés)
donde las tropas españolas están destinadas en la provincia de Badghis, en el noroeste de
Afganistán. Los otros eran el campamento “BERNARDO
DE GÁLVEZ”, situado en la localidad de Ludina y el COP “HERNÁN
CORTÉS” de Darreh i Bum[1] (aparte de la base principal de Qala-i-Naw). Las tres bases eran
similares: Un mosaico de tiendas de campaña camufladas con red mimética y
protegidas con sacos terreros y grandes bloques de hormigón, que daban al
recinto un cierto aspecto de laberinto. Eran como pequeñas aldeas, donde incluso
existía un gobernador. O sea, un militar que se
encarga de su gestión y funcionamiento: "¡Qué nombre más absurdo!",
exclamaba el brigada José Manuel Escudero cuando lo llamaban así,
"Gobernador", el cargo que le habían asignado. Tanto él como
el responsable de la COP de Ludina, el también brigada Santiago Lopo, coincidían en afirmar
que el principal reto era garantizar el agua en los campamentos cada día. Para ello,
recurrían al agua de ríos que empresas afganas transportaban diariamente a la
base en camiones cisterna y que trataban en una depuradora antes de utilizarla
en la lavandería y los lavabos. Después, lógicamente, también había que
deshacerse de las aguas fecales. Se hacía de la misma manera, con camiones
cisterna. "El agua limpia la deben de coger río arriba, y la sucia la
deben de tirar río abajo. No lo he visto, ni lo quiero ver, pero me imagino
que lo harán así", afirmaba el brigada Lopo en alusión a las empresas
afganas contratadas para proporcionarles ese servicio…
La presencia española en
la base Ricketts se remontaba al 30 de Junio de 2.010 cuando -en el marco de la
operación "Closing the Back Door"- el Batallón de Maniobra
español estableció un puesto de combate avanzado en las proximidades de Moqur.
La finalidad era expandir la zona segura alrededor de Moqur y Darreh i Bum para
apoyar la construcción de la "Highway 1" en la provincia de
Badghis y controlar las rutas "Sulphure" y "Opal".
Desde este COP., las tropas españolas trabajaban para mejorar la seguridad y
gobernabilidad en la región, así como para fomentar el desarrollo de sus
poblaciones (entre otras actividades de Cooperación Cívico-Militar, destacaban
el programa de reintegración de insurgentes, la ejecución de obras civiles como
la derivación de un río para mejorar el riego o la reparación de los firmes de
las carreteras y la distribución de material sanitario y humanitario en la
provincia).
Las tiendas de campaña eran
de una dimensión de unos 6 x 4 metros, y en cada una dormían entre ocho y diez
militares. Allí los soldados también tenían todas sus pertenencias –“esto
es como el Tetris, hay que tener ingenio para colocarlo todo en el menor
espacio posible y que aguante…”, aseguraba la cabo Arredondo-, y se buscaban
trucos para incluso disponer de una mesa y asientos para sentarse. Se trataba de
espabilarse con los materiales disponibles: Maderas, chapas, sacos
terreros... "¡Esto es un palacio!", aseguraba el brigada Escudero, en referencia a
las tiendas de campaña (cuando hacían maniobras en España, pernoctaban en condiciones
peores, aseguraba).
Grupos electrógenos garantizaban la
electricidad en las bases siempre, aunque a veces sería mejor no tener luz.
La COP de Ludina estaba plagada por las noches de insectos
alargados de color paja, que se concentraban en los lugares de luz y que
se metían por todas partes. "Sí, esto es siempre así, se te meten por
el cuello, la cabeza…", comentaban
dos chicas soldado, sin darle mayor importancia. También había escorpiones y
arañas, que los militares cazaban. Era una de sus pocas distracciones. O eso, o
hacer deporte: “Hacemos como en aquella película del Oeste de Sam Peckinpah[2]
–comentaba el Sargento 1º Vidal-, cogemos uno de estos alacranes y lo
echamos en un hormiguero para ver cómo se zafa de las voraces hormigas… Podemos
pasarnos horas… Tampoco es que haya mucho que hacer por aquí”.
"¡Venga,
espabilando, que esto no es una boda! ¡Coméis y os vais!", gritaba el
brigada Lopo en la tienda de campaña que sirve de comedor en Ludina. Había que
apresurarse, pues el espacio era reducido y se hacía cola para
comer. En la tienda se había instalado una pantalla gigante donde se pueden ver
las noticias que el Canal 24 Horas de TVE repetía machaconamente, y que mantenían
informados a los militares sobre lo que ocurre en España.
La comida que se servía en
las COP eran raciones militares colectivas que se “adornaban” con
algún producto cocinado en los campamentos para así dar variedad al menú. "Rincón
Huertano", se podía leer en grandes letras pintadas en un
bloque de hormigón en la COP de Ludina, en alusión al nombre de un famoso
restaurante de Murcia, ciudad donde la Bandera de Maniobra de la Brigada
Paracaidista destinada en Afganistán tenía su acuartelamiento. "Queremos
hacer una foto al cartel y enviarla al restaurante, a ver si nos hacen llegar
un jamón", comentaba el brigada Lopo.
En Ludina también había un "Camino
de Santiago", un circuito para correr y hacer deporte que se había
bautizado con ese nombre porque lo ideó el gobernador de la COP, que
precisamente se llamaba Santiago. En Moqur, abundaban los carteles con nombres
de ciudades y pueblos españoles, y la distancia que los
separaba de Afganistán. "Pucela, 5.781 km; Villabalter, 5.824 km",
decía uno de los carteles que conseguían que los militares se sintieran un
poquito más cerca de la familia…
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LOS HÉROES DE MOQUR (“La
Razón”, 15 de Septiembre de 2.012).
La 12a Compañía Paracaidista vive con
heroica normalidad su misión en la base avanzada Ricketts. El 9 de Julio
combatieron durante cinco horas y media en una batalla “normal”.
El teniente Soto coge la guitarra y
canta con su acento andaluz “19 días y quinientas noches…”. Tiene la
mirada clara y un sentido del humor irreductible. En la mesa hay un par de
platos de chorizo, un poco de queso y refrescos. Es toda la “juerga” que
se pueden permitir en la base avanzada Ricketts, en Moqur, Afganistán. Están de
despedida. A los médicos que han estado con ellos les toca relevo. La 12a
Compañía Paracaidista de la III Bandera se queda hasta Noviembre. Ahí fuera,
tras los muros del antiguo fuerte inglés aún queda mucho por hacer, mucho
talibán aguardando el momento propicio para atacar, mucho afgano al que sacar
de la época de Moisés, al que dar una esperanza más allá de la tragedia en la
que han vivido siempre.
Aquello no es la guerra anónima que
vivimos desde aquí. Quienes la libran tienen nombres y apellidos, se conocen
perfectamente, son amigos, compañeros, hermanos de sangre. Sus rostros son los
de la fotografía de la derecha, los de gente normal que por la calle pasarían
desapercibidos pero que guardan algo extraordinario. Su lema: “¡HASTA LA
MUERTE!”. Su fin, como reza la oración paracaidista, ser “el mejor
soldado de la patria”. Y por encima de todo, la misión.
El 9 de Julio no hubo guitarras.
Hubo un herido, el caballero legionario paracaidista Javier Párraga,
cuya foto cuelga del corcho del puesto de mando; casi dos mil cartuchos
empleados; más de una decena de granadas; varias decenas de disparos de fusiles
de precisión y nueve talibanes abatidos. Pese a todo esto, los que estuvieron
recalcan, con la humildad propia de quien sabe que el de al lado ha vivido lo mismo,
que no fue una acción especial, que fue “normal”, que ellos y sus
compañeros de las otras dos secciones han pasado por muchas situaciones
similares.
El informe de lo que ocurrió aquel
día habla de valor, liderazgo, dotes de mando, compromiso, eficacia, destreza,
serenidad... Esto último es lo que desprende el capitán Pablo Torres del
Pliego, jefe de la compañía. Es un hombre robusto, afable, discreto y noble. Él
respeta y es respetado. Habla a sus hombres con firmeza pero con la
consideración y confianza que se tienen los guerreros entre sí.
Con él al frente salieron aquel día
de la base. Eran las ocho de la mañana. Su misión era realizar una patrulla de
reconocimiento y seguridad en las localidades de Arab, Sulgurpari y Lamari para
dificultar al enemigo que se adueñara de zonas dominantes al noreste de la
base. El capitán Torres salía con la III sección de fusiles, zapadores,
tiradores, y una serie de apoyos fundamentales en una patrulla. Junto a ellos,
una sección del ejército afgano con sus tutores españoles al mando del
comandante Alberto Fajardo, un oficial carismático, bromista, con un lenguaje
poco dogmático, pero tan orgulloso de la misión que está realizando como de sus
hombres.
A las 10:20 de la mañana, en las
inmediaciones de Sulgurpari, un disparo aislado pone en alerta a toda la
patrulla. Las cinco horas y media siguientes fueron más que intensas, aunque “el
tiempo pasa rápido”, asegura el sargento Jara. El fuego enemigo se
incrementa hasta que apenas cuarenta minutos después de esa primera bala, una
lluvia de proyectiles cae sobre la patrulla desde su flanco derecho. El
sargento Antonio Coll -un tipo misterioso, de 30 años y de mirada contundente-
y el soldado Párraga habían alcanzado los primeros la altura de una cota. Una
de las balas impacta en el costado del segundo y se le queda alojada cerca de
la rabadilla. Los hechos se suceden a toda velocidad. Los soldados Perea,
Regalado y Torres, junto al sargento Olmo, realizan fuego de supresión sobre
las posiciones talibanes, mientras Coll, bajo fuego enemigo, logra poner a
cubierto a Párraga. Entre él y el comandante Fajardo aplican los primeros
auxilios al herido y automáticamente, ayudados por el propio capitán Torres y
los soldados Torres y Regalado, además de los dos intérpretes, evacúan al
herido entre los disparos de los insurgentes. Coll recuerda que “las balas
nos silbaban por encima, pero Párraga estaba tranquilo, sereno”. El
teniente Soto, mientras, había avanzado sus posiciones para dar protección a la
ambulancia con los vehículos de su sección disparando al enemigo.
Tras dejarlo en la ambulancia –“el
tío sonreía”–, el capitán, el sargento Coll y el comandante Fajardo
regresan corriendo a la primera línea. El teniente Bermúdez, un hombre alto y
tan rotundo como tranquilo, portaba la radio. No se separó ni un minuto del
capitán para que éste siguiera dando instrucciones a sus hombres, yendo mucho
más allá de los cometidos que tenía asignados como “sombra” de Fajardo. Soto,
que recibía disparos a diestro y siniestro mientras reconocía y aseguraba la
posición de aterrizaje del helicóptero a pie, no dejaba de apoyar con sus
vehículos el contraataque de las tropas. Regalado y Torres volvían corriendo a
su posición, pero antes se acuerdan de llevar munición y agua para los de
primera línea.
A esas alturas los talibanes incluso
habían disparado con lanzagranadas a la patrulla, que seguía batiendo las
posiciones enemigas, ya pertrechados y reforzados. Para entonces también, el
cabo Aliaga y el soldado Náveda, parsimoniosos en sus formas de tiradores de
precisión, habían hecho sendos blancos a 1.300 metros de distancia.
De la base avanzada sale a toda
velocidad la fuerza de reacción rápida liderada por el teniente Morales. Cuando
habla mete los pulgares en el cinturón a ambos lados de la hebilla y hecha la
cabeza un poco hacia delante. No es alto ni bajo, y nada hace sospechar que a
su corta edad, no debe superar los 25 años, ya tiene una larga experiencia en
esa guerra y cuenta con una cruz al mérito militar con distintivo rojo por su
demostración de serenidad y liderazgo, cuando era alférez, tras el asesinato en
Qala-i-Naw de dos guardias civiles en 2.010.
El enemigo, mientras, trata de
reforzarse. Está bien organizado, pertrechado en trincheras, y trata de
optimizar sus andanadas. Pero a esas alturas, con la fuerza de reacción rápida
sobre el terreno, con los hombres del teniente Soto redesplegados y en mejores
posiciones, con los tiradores batiendo al enemigo, los morteros cayéndoles y
los cazas aliados sobrevolando a los talibanes, la batalla era de los
españoles. El enemigo se quedaba sin agua ni munición, pero seguían llegando
alertas de más movimientos insurgentes, de minas, siguen disparando... Ya nada
pueden hacer. Se repliegan. A las 15:27 de aquel 9 de Julio, los “paracas”
vuelven a su base.
El informe del combate está plagado
de nombres: Riofrío, Meza, González Gómez, Espinosa, Pico, Lázaro, Ibáñez,
Ballesteros, Martínez Guadix, Cuesta, Martínez Sánchez, Pérez, Bobadilla,
García Flores, Gallego, Reguera, Moreno, Rodríguez Carpio, Molina... Muchos
estuvieron expuestos al fuego enemigo con tal de mejorar la eficacia del
combate. “Mejor morir que perder la vida”, dice una pintada en la puerta
de la cantina. Fueron eficaces, valientes, serenos. Todos se jugaron la vida y
volvieron a la base acordándose de Párraga con la misión cumplida. “Malditos
de aquellos que olvidan a sus héroes”, añade otra pintada.
“Allí te das cuenta
–reflexiona Soto– de la importancia de la instrucción, de tantas horas de
maniobras en San Gregorio”. Quizá por eso otro añade que “pánico nunca
se tiene, pero miedo siempre se pasa”. El teniente Morales, con los dedos
en el cinturón, apuntilla: “En los momentos duros te das cuenta de la
importancia de los valores”.
Muchos días después el capitán
Torres del Pliego se dirige al comedor. Se cruza con otros que van de patrulla.
“¡Tened cuidado!”, les grita. “¡No, mi capitán, que tengan cuidado
ellos!”, responden sonrientes y siguen su camino. Son gente que hace normal
lo extraordinario, cotidiano lo heroico. Y lo hacen “¡Hasta la muerte!”.
EL
VALOR COMO NORMA
Estos son sólo algunos ejemplos de acciones valerosas
de aquel 9 de Julio:
-Capitán Torres:
Calma. Valor y dotes de mando. Auxilió al herido y
tomó decisiones bajo fuego enemigo.
-Teniente Soto:
Iniciativa, serenidad, control. Expuesto al enemigo
mientras adoptaba el despliegue adecuado.
-Sargento Coll:
Auxilió al herido bajo fuego enemigo. Tras evacuarlo
volvió a primera línea. Su reacción evitó más bajas.
-Teniente Bermúdez:
Siguió al capitán bajo fuego enemigo con su radio para
que pudiera transmitir sus órdenes.
- Soldado Regalado:
Tras evacuar al herido se fue a por una ametralladora
y volvió a la primera línea.
Sus compañeros de la 12a compañía de la Brigada Paracaidista mantenían
su fotografía colgada en la tienda de campaña donde dormía, en el campamento Ricketts
de Moqur. En la imagen, el soldado Javier Párraga aparece de pie, sonriente,
con ropa de hospital, al lado de una guapa enfermera. La foto también está
colgada en una pared del puesto de mando de la base. "Aquí ya estaba
casi recuperado", precisa una militar en referencia a la fotografía,
mientras indica en qué camastro el joven de 20 años dormía, ahora ocupado por
otro soldado.
El combate donde fue herido Párraga fue una noticia más en la prensa –apenas
una breve reseña en algún telediario-, pero había dejado profunda huella en sus
compañeros de armas: "Llevábamos delante una unidad del Ejército
afgano. Al oír el primer disparo, los soldados afganos se retiraron y nosotros
nos pusimos a la vanguardia", describía el sargento Coll. "Después
cogimos posiciones en el pueblo", añadía el soldado César Perea, como
si estuvieran explicando la estrategia seguida en una maniobra militar en
prácticas y no en un enfrentamiento real que casi les cuesta la vida: Siete
horas de disparos intermitentes, siete horas -al fin y al cabo- de estar
agazapados pegando tiros. "Es que nosotros estamos muy acostumbrados a
los tiros porque hemos hecho muchos ejercicios con fuego real", el
cabo José Miguel Pérez, justificaba la frialdad con que relataban lo ocurrido.
"La noche anterior había estado riéndome de él. A mí me gustaba mucho
meterme con él y, cuando le dispararon, pensé que no tendría que haberlo hecho",
se reprochaba el soldado Fernando Meza…
"Él era mi binomio, la persona con quien siempre tomaba las alturas
para reconocer el terreno -explicaba otro paracaidista, el soldado Gabriel
Regalado-. Yo le decía que yo tenía que regresar a España sano y salvo,
porque tengo mujer e hijos. Y él me contestaba que no me preocupara que, si
tenían que herirnos, el herido iba a ser él. Cuando le dispararon, me hizo OK
con el dedo, como diciendo “ves, me han herido a mí”".
Los compañeros de Párraga, esos que estuvieron pegando tiros, que vieron
cómo su camiseta se empapaba de sangre mientras esperaban a la ambulancia, y
cargaron con su cuerpo hasta el helicóptero de evacuación, mostraban la rabia del
que no es entendido en España: "Aquí estamos intentando ayudar a este
país -afirmaba el sargento Coll-. No estamos en Afganistán por ningún
interés. Esto, por desgracia, es una auténtica guerra, le pese a quien
le pese y por mucho que en España se empeñen en denominarlo –más bien,
camuflarlo- como “Misión Humanitaria”… Es imposible realizar actividades
humanitarias si el que tienes enfrente te recibe con ráfagas de kalashnikov. Y
si te disparan, disparas. Está claro”, comentaba rotundo y contundente –y
no sin cierta amargura- Coll.
"¿Lo que más me ha impactado? Yo, sin duda, me quedo con la imagen
de los niños y su miseria", apuntaba el soldado Meza: El colegio
abierto por los españoles en Darreh i Bum hubo de ser cerrado al no acudir al
centro ni profesores ni alumnos, ante las amenazas de los talibanes de hacer
acto de presencia y masacrarlos a todos… Pero claro, cómo explicar en una España en
crisis que aquí, en Afganistán, todo era mucho más brutal, que la pobreza era realmente
extrema y que un niño podía ser ejecutado por aceptar caramelos de un “infiel”
de la ISAF... No obstante, muchos militares de la Brigada Paracaidista ya habían
estado en Afganistán anteriormente (como habían estado en Bosnia, en Kosovo o
en Iraq) y aseguraban que su trabajo se estaba notando y el país iba mejorando
poco a poco.
"La gente en España se piensa que venimos a Afganistán de
vacaciones. No sabe lo que se pasa aquí", lamentaba el soldado
Regalado, que afirmaba que él en Afganistán no contaba los días, sino las horas
porque aquí, para ellos, todos los días son iguales y el trabajo se organizaba
por horas. El soldado Meza también admitía que no sabía en qué día vivía:
"Yo sólo sé que me corto el pelo cada dos semanas, y que aún me faltan
al menos tres cortes de pelo más para regresar a casa"…
A fin de cuentas, ellos ejemplificaban aquel “Donde les llevan, van. Jamás
cansados…” del soneto de Amós Escalante “Nuestro Soldado”. A fin de
cuentas, como ellos mismos aseguraban: “Sólo
cumplimos con nuestro deber”.
Y es que, como reza el lema de los SEAL, en Moqur, EL ÚNICO DÍA FÁCIL FUE AYER.
En aquel acto de Homenaje a los Caídos, como cada Sábado, los paracaidistas
en Afganistán no sólo recordaban al soldado Párraga que se recupera en España,
sino también a la cabo Arancha López, que murió el 18 de Agosto del 2.011
en un accidente en un salto con paracaídas en España. Se realizaba el acto en
su memoria: Los militares aseguraban que esas maniobras que hacían en casa
ahora les sirven para salir de Afganistán con vida…
UN SALTO DE FE (Diego
Mazón. “La Razón”).
Tenía
23 años, era mujer y era paracaidista. Quizá me sobra la edad. Simplemente era
una mujer paracaidista. También el sexo. Era paracaidista. Con eso basta. Ya es
de por sí suficiente carta de presentación. Si alguien un día les dice “soy
de la Brigada Paracaidista”, el resto de lo que le acompañe no debería ser
más que anecdótico. Ella era. Era porque el pasado 18 de agosto se mató en un
ejercicio, haciendo lo que era y a lo que su vocación le impelía. He visto a
mil rudos paracaidistas llorar firmes y mirando al cielo de Líbano tras la
muerte de seis compañeros; los he visto desgañitarse sin perder el hálito de su
ser en un funeral tras otro, y uno entiende entonces la dureza de perder a uno
de los suyos pero la grandeza de quien viste un uniforme como ese, consciente
de que más allá de la muerte queda otro salto, y que más allá del dolor hay mil
saltos que dar por duro que sea.
Tras
un desgarro en el alma como la muerte de uno de los tuyos, es en la unidad
donde encuentras el aliento para seguir, en el que está a tu lado, en el que
como tú, llora por dentro y mira al siguiente paso con el temblor de la duda,
con el temor a la ingrata incertidumbre. El que les manda sabe lo que es eso,
sabe que una sensación heladora recorre el espinazo como una serpiente. Quizá
por eso no debería sorprenderme el gesto del general Gómez de Salazar, pero el
caso es que lo hace. Esa noche, después de que una paracaidista muriera, tras
el dolor de sus compañeros, la incertidumbre, él se subió a un avión y saltó
con ellos. Estaba en juego la moral de la tropa y en sus corazones el recuerdo
de la compañera perdida. En el mundo civil rara vez se dan estas demostraciones
de compromiso y temo que en el militar se estén perdiendo. El general podía
haber dedicado unas emotivas palabras y un recuerdo encendido de lo que supone
ser paracaidista. Pero un salto vale más que cualquier arenga. Su salto no
devolverá la vida a su subordinada, pero sí la moral a los suyos, y a mí
(aunque eso importe poco) la fe en que esos valores tan bien representados en
ese gesto traspasen un día los muros de los cuarteles y saquen a la sociedad de
la decadencia moral en la que vive.
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THIS IS THE END…
Y, como en la canción de
“The Doors”, todo llega a su fin: El 9 de Marzo de 2.013, las tropas
españolas dejaban el puesto de combate (COP) de Moqur -el último COP que España
mantenía en primera línea de fuego en la zona más peligrosa de la provincia
afgana de Badghis, bajo responsabilidad española-, casi tres años después de su
llegada, y se replegaban a la base situada en la localidad de Qala i Naw,
adonde llegaban sin novedad a la 09:41 horas.
La salida de Moqur se producía
16 días después de la entrega de la base de Ludina y –según el MINISDEF-
constituía el segundo de los hitos del repliegue de las tropas españolas
adscritas a la ISAF. A partir de ahora serían las unidades del Ejército
Nacional Afgano (ANA), adiestradas por las tropas españolas, quienes asumieran
plenamente la responsabilidad de garantizar la seguridad en la zona, para lo
que contarían con su asesoramiento y apoyo desde Qala i Naw.
Antes de su partida, el
último contingente español destacado en Moqur rindió un homenaje a los caídos,
arriando por última vez de la bandera (ceremonia que estuvo presidida por el
general de brigada, Carlos Aparicio Azcárraga, destacado en el Cuartel General
de ISAF en Kabul, acompañado por el coronel del Ejército de Tierra Fernando
García González-Valerio, jefe de las fuerzas españolas en Qala i Naw y -por
parte afgana- el vicegobernador de la provincia de Badghis, Camarudin Shekeb, y
el general Dawood Sha Wafad, jefe de la Brigada 3/207 del ANA). La base de
Moqur quedaba transferida a la empresa turco-americana EMJV, responsable de las
obras de construcción de la denominada "Ring Road" en la
provincia de Badghis, que la pensaba utilizar como base logística. El
representante de la empresa, Amid Scander, agradecía públicamente la cesión de
la base, que iba a servir para acelerar el cierre de esta importante vía de
comunicación que recorre Afganistán. Tras el homenaje, el personal español embarcaba
en el último convoy de Moqur a Qala-i-Naw, precedido por uno de los nuevos
vehículos blindados "Husky", que proporcionaban mejores
capacidades contra artefactos explosivos improvisados (IED) a los convoyes de
repliegue durante los tres días que duró el desmantelamiento de la base.
Ese 9 de Marzo, únicamente
una tienda quedaba en pie: La tienda de campaña que hasta entonces se utilizaba
como comedor en el campamento militar Ricketts había sido habilitada “in
extremis” como hospital de emergencia. Fue la única solución. La tarde anterior
varios militares habían empezado a sentirse indispuestos, y al día
siguiente ya había dieciséis en cama con los fatídicos síntomas del “Yala
yala”… El comandante médico intentaba quitarle importancia al asunto al ser
preguntado por lo que parecía una epidemia. En cambio el capitán Romero, jefe de la base,
fue categórico: nunca antes habían tenido tantos casos en tan poco tiempo… Los
soldados de la 23a Compañía “Azor” del Batallón “Toledo” de la Brigada de
Infantería Ligera Aero-transportable (BRILAT) empezaron a
desmontar el COPr. El viento, la polvareda que se levantaba con el
movimiento de trastos de un lado para otro, y el calor asfixiante que hacía a
principio de semana como si el verano ya hubiera llegado a Afganistán,
resultaron matadores: los soldados empezaron a "caer como moscas", en palabras del
propio capitán.
La base ya estaba
irreconocible, no parecía la misma por donde nueve contingentes españoles, de
unos 250 militares cada uno, han pasado desde ese Junio de 2.010, fecha del
despliegue original. La mayoría de las tiendas de campaña del campamento, que
antes conformaban una especie de mar de lonas y donde se alojaban los
soldados,
ya habían sido desmontadas, dejando una sensación extraña de vacío y soledad.
Como si allí nunca hubiera estado un soldado español. Sólo quedaban como legado
las plataformas de madera que sirvieron como suelo de las tiendas de campaña. Y
unas cuantas pintadas en plan grafiti en los bloques de hormigón de protección
de la base, alusivas a las unidades destinadas allí y que daban fe que las
tropas españolas realmente estuvieron en ese puesto avanzado de combate. "Hay
que hacer las cosas una vez y bien. Y no, cincuenta veces, y mal hechas",
el brigada Carlos Tercero, encargado de la base, recriminaba así a
los soldados, cuando empezaban a trabajar con una cierta desgana a última hora
de la tarde, al anochecer, después de toda una jornada sin casi parar, moviendo
armatostes de un lado para otro y desmontando tiendas… Pero, como ya
dijo Calderón de la Barca: “Aquí, la más principal hazaña es obedecer”…
El último soldado
español fallecido en Afganistán, el sargento David Fernández Ureña,
estaba destacado en esta base de Moqur.
Roto, descalzo, dócil a su suerte.
Cuerpo cenceño y ágil, tez morena,
a la espalda el morral, camina y lleva
el certero fusil con mano fuerte.
Sin pan, sin techo,
vívida la luz, que el camino serena,
la limpia claridad de un alma buena
y el augusto reflejo de la muerte.
No ha su duro pie, risco vedado.
Sueño no ha menester, quejas no quiere.
Donde le llevan va, jamás cansado.
Ni el bien le asombra
ni el desdén le hiere.
Sumiso, valeroso y resignado,
obedece, pelea, triunfa o muere.
[1] Al cerrar Darreh (29 de Marzo de
2.012), COP que los españoles compartían con los estadounidenses (que ya se
habían retirado con anterioridad) sus efectivos se trasladaron a Moqur,
aumentando los efectivos de este destacamento hasta los 250. Darreh e Bum –COP que se abrió en Marzo
de 2.011 ubicado en medio de la nada, en una zona desértica e inhóspita- estaba
situado a unos 45 kilómetros de Qala i Naw que se tardaban en recorrer unas
tres horas. Los 150 militares allí desplegados se encargaban de dar seguridad a
la zona y en particular a la construcción de la ruta “Lithium”, la
principal vía comercial del país. Según el máximo responsable del contingente
español en Qala i Naw por aquel entonces, coronel Demetrio Muñoz, la salida de
los norteamericanos de Darra e Bum dejó a España “con poca fuerza”. Reforzando
Moqur se pretendía aumentar la seguridad para facilita la conclusión del
tramo de la "Ring Road" -la carretera circular que recorría
todo el país- a su paso por la provincia de Badghis.
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