miércoles, 16 de octubre de 2013

LEGIO PATRIA NOSTRA: CAMERONE




El coraje, hasta la temeridad, es el gran reproche que se puede hacer a los españoles de la División. Eran sólo hombres, pero hombres de verdad” (D.H, capitán de la División Valona),

 
En la Legión Extranjera siempre se han enrolado españoles: Hombres de acción, individuos de pasado turbulento, desarraigados, soldados sin guerra, idealistas románticos, desheredados… Pero entre sus filas, siempre (y únicamente) eran Legionarios. Los hubo famosos, como Antonio Críspulo Martínez, que tras luchar en la Guerra Carlista bajo las órdenes de Cabrera, se enroló en las filas legionarias, llegando a Coronel y siendo distinguido con la Legión de Honor, en 1847[1]. Pero también los hay que, siendo héroes, su historia es menos conocida, al igual que su nombre. Ésta es la historia de uno de esos hombres que, si bien le tocó defender la bandera tricolor, no hubiese desmerecido integrar las filas de nuestras Fuerzas Armadas:

Entre 1857 y 1860, México se sumió en una guerra civil entre los partidarios del conservador Féliz Zuloaga y los del liberal Benito Juárez,  llevando las de ganar éste último, pero quedando la capital en manos de Zuloaga. Tras un grave revés que le expulsó de su capital provisional (Guadalajara), Juárez hubo de refugiarse en Panamá, de donde regresó en 1858 apoyado por Estados Unidos, quien reconoció oficialmente el gobiernos establecido en Veracruz el 6 de Abril de 1859. La guerra continuó hasta la victoria de Capulcapán, el 22 de Diciembre de 1860. El conflicto recién terminado había dejado tan exhausto a México que Juárez confiscó los bienes eclesiásticos y suspendió el pago de la deuda externa al año siguiente, fijando una moratoria de pago de dos años. En consecuencia, los tres principales acreedores enviaron un cuerpo expedicionario (700 soldados británicos, mandados por sir Charles Wicke, 6.000 españoles al mando del general Prim y 2.500 franceses a las órdenes del general Dubois de Saligny) reclamando lo debido, desembarcando en Veracruz el 13 de Enero de 1862. Con el fin de evitar la guerra, Juárez ordenó a su ejército no oponer resistencia, entablando casi de inmediato un diálogo con los comandantes de los tres contingentes (contingentes seriamente mermados por el denominado “vómito negro”, la fiebre amarilla).  El 19 de Febrero de ese año se firmaban los tratados preliminares de La Soledad,  siendo ratificados más tarde y comprometiéndose México a cancelar su deuda externa a través de la emisión de bonos de garantía, solución admitida por Madrid y por Londres (que retiraban sus tropas en Abril), pero no por París, que deseaba aprovechar la sangría en la que se hallaba sumida Norteamérica –en plena guerra de Secesión- para expandir su imperio en México: Napoleón III enviaba 4.000 soldados –al mando del general De Lorencez- para reforzar al contingente ya allí desplegado y ofreciendo  la corona al príncipe Maximiliano, hermano del káiser austriaco Francisco José, en el 63…

Y he aquí donde aparece en escena nuestro protagonista hispano:

Alonso Bernardo era un joven español al que su mísera –que no miserable- existencia, le llevó a enrolarse en la Legión Extranjera y al combate de su vida. Había nacido en la localidad asturiana de “Wilaricho[2] (según consta en el número 600 de la revista legionaria “Képi Blanc: La Vie de la Legión Étrangér”, Mayo de 1999 –página 35-). Estaba aprendiendo el oficio de albañil, aunque en su infancia había sido vaquerizo en su tierra y, posteriormente, cargador en el puerto de San Sebastián y mozo de hospedaje en Bayona… En 1.863, a la guerra iban los pobres. Bernardo se encuentra en México, huyendo de su miseria y el destino termina sorprendiéndolo integrado en la 3ª Compañía del 1er Batallón del Regimiento Extranjero, asediada dentro del corral de una hacienda mexicana ubicada en el camino entre Puebla y Veracruz. Se podían haber rendido incluso con respeto de sus vidas y de su propia honra militar, pero en aquellos instantes de sangre y fuego, de locura y de gloria, saltó el impulso del deber por el que deciden luchar hasta el final y morir matando. Se impuso ese cumplimiento del deber que les hace enfrentarse a bayoneta calada con la Muerte. Todos resistieron, nadie optó por la rendición o decidió desertar. Todos ellos habían recuperado entre aquellas cuatro paredes el sentido de la dignidad que la vida les había arrebatado. Es así cómo se comporta Bernardo, pues los legionarios de Camerone no esconden un pasado vergonzoso no de delincuencia, sino que ocultan una vida dura, de pobreza, de amores rotos o, simplemente, de otras guerras[3], pues cuando se aprieta el cuerpo se engrandece el alma…

El ejército francés del general Forey estaba sitiando Puebla. Temiendo un corte de los suministros, se envió un convoy con 3 millones de francos y una gran carga de munición para el asedio. La 3ª Compañía debería escoltar el convoy, pero la unidad carecía de oficiales. Por ello, el capitán Danjou, adjunto del Regimiento, asumió el mando. De este modo, el 30 de Abril, la compañía partía.

A las 7 de la mañana, Danjou ordenó un alto y mandó preparar café, descanso que se vio interrumpido por la súbita arremetida de 800 jinetes mexicanos. El oficial francés ordena formar en cuadro y se retira, no sin antes causar numerosas bajas a la Caballería atacante.

Buscando una posición más defendible que el campo abierto, Danjou ocupa la Hacienda Camarón, un grupo de naves rodeadas de un muro de tres metros de altura y, como si de El Álamo se tratase, se apresta a la defensa (y al asedio seguro)…

Pero mejor que narrar lo allí sucedido, transcribamos el relato oficial de Camerone, leído cada año, el 30 de Abril, delante de las tropas de la Legión Extranjera, en cualquier parte del mundo en el que se encuentren desplegadas:

El ejército francés sitia Puebla.

La Legión tiene por misión asegurar, en 120 kilómetros, la circulación y la seguridad de los convoyes.

El coronel Jeannigros, que es quien está al mando, se entera, el 29 de Abril de 1863, de que un gran convoy, que lleva 3 millones en efectivo, material de sitio y municiones, está en camino hacia Puebla. El capitán Danjou, su Adjunto Mayor, le convence para enviar una compañía por delante del convoy. Se designa la 3ª Compañía del Regimiento Extranjero, pero no tiene oficiales disponibles. El propio Danjou toma el mando y los suboficiales Maudet, portabandera, y Vilain, pagador, se unen a él voluntariamente.

El 30 de Abril, a la una de la madrugada, la 3ª Compañía, con una fuerza de tres oficiales y sesenta y dos hombres, se pone en camino. Ha recorrido alrededor de 20 kilómetros cuando a las siete de la madrugada se para en Palo Verde para hacer un descanso y tomar café. En ese momento, el enemigo se despliega y se inicia el combate inmediatamente. El capitán Danjou hace cerrar cuadro y, batiéndose en retirada, rechaza victoriosamente varias cargas de caballería, infligiendo al enemigo unas primeras pérdidas graves.

Al llegar a la altura de la posada de Camerone, amplio edificio que contiene un patio rodeado de un muro de tres metros de alto, decide atrincherarse allí para inmovilizar al enemigo y retrasar de esta forma durante el mayor tiempo posible el momento en que éste pudiese atacar el convoy.

Mientras sus hombres organizan con celeridad la defensa de esta posada, un oficial mexicano, haciendo valer la enorme superioridad numérica[4], intima al capitán Danjou para que se rinda. Éste hace contestar: “Tenemos cartuchos y no nos rendiremos”. Luego, levantando la mano, jura defenderse hasta la muerte y hace prestar a sus hombres el mismo juramento. Son las diez. Hasta las seis de la tarde, esos sesenta hombres, que no han comido ni bebido desde la víspera, a pesar del sofocante calor, el hambre y la sed, resisten a dos mil mexicanos: Ochocientos jinetes, mil doscientos infantes.

A mediodía, el capitán Danjou muere a causa de una bala en medio del pecho. A las dos, el subteniente Vilain cae, alcanzado por una bala en la frente. En ese momento, el coronel mexicano consigue prender fuego a la posada.

A pesar del calor y el humo que vienen a aumentar sus sufrimientos, los legionarios siguen aguantando, pero muchos resultan heridos. A las cinco, alrededor del subteniente Maudet solamente quedan doce hombres en estado de combatir.

En ese momento, el coronel mexicano reúne a sus hombres y les dice que se van a cubrir de vergüenza si no consiguen abatir a ese puñado de valientes (un legionario que comprende el español va traduciendo mientras habla). Los mexicanos se disponen a dar el asalto general por las brechas que han conseguido abrir, pero, anteriormente, el coronel Milán dirige un nuevo requerimiento al subteniente; éste lo rechaza con desprecio.

Ya se ha dado el asalto final. Pronto ya no quedan alrededor de Maudet más que cinco hombres: El cabo Maine, los legionarios Cattau, Wenzel, Constantin y Leonhart. Cada uno de ellos conserva todavía un cartucho, tienen la bayoneta a punto y, refugiados en una esquina del patio, plantan cara; a una señal descargan sus fusiles a bocajarro sobre el enemigo y se precipitan sobre él a la bayoneta. El subteniente Maudet y dos legionarios caen mortalmente heridos. Maine y sus dos camaradas están a punto de ser masacrados cuando un oficial mexicano se precipita hacia ellos y los salva; les grita: “Ríndanse”. “No nos rendiremos si no nos prometen acoger y cuidar a nuestros heridos y si no nos dejan las armas”; sus bayonetas siguen amenazadoras. “¡No se les niega nada a unos hombres como ustedes!”, contesta el oficial.

Los sesenta hombres del capitán Danjou han mantenido su juramento hasta el final: Durante once horas han resistido a dos mil enemigos, han matado a trescientos y herido a otros tantos. Con su sacrificio, salvando el convoy, han cumplido la misión que les había sido confiada.

El emperador Napoleón III decidió que fuese inscrito el nombre de Camerone sobre la bandera del Regimiento Extranjero y que, además, los nombres de Danjou, Vilain y Maudet fuesen grabados con letras de oro sobre Los Inválidos de París.

Aparte de eso, en 1892 se erigió un monumento en el lugar del combate[5].

Desde entonces, cuando las tropas mexicanas pasan por delante del monumento, presentan armas”.

El primero en caer fue Danjou –aquel veterano de Sebastopol y Magenta que había perdido su mano izquierda[6] en Argelia, en el 53 (durante unos ejercicios topográficos, en la campaña de Kabyia)-, alcanzado en el pecho. A partir de ese momento, 11 horas de frenético combate, a degüello, de ataques y contraataques, de combates cuerpo a cuerpo, hasta la extenuación y el último cartucho… Bernardo fue de los últimos en caer:


El español vuelve a palpar su cartuchera para cargar el fusil Minié. Cuenta cinco cartuchos, tiene las mangas de la camisola recogidas. Lleva casi 10 horas combatiendo, ha conocido el rostro del enemigo, que en esa tarde del 30 de Abril de 1863 le parece seres irreales, que surgen impávidos entre una nube terrosa de polvo y volutas del humo aún llameante de los restos de paja quemada; mientras, otro compañero malherido se afana en succionar sangre de su muslo derecho desgarrado y ante sus vanos intentos, gime cansinamente.

(…) Fija la mirada en un mexicano, y lo siente como el golpe de una pedrada, seco, en el pecho, un impacto fuerte pero no doloroso, lo que le hizo sorprenderse. Mientras se mira el primer borbotón de sangre que fluye de su pecho, sin poder llegar a pensar, siente flojas sus piernas y se desploma brutalmente. En su desvanecimiento, Alonso ya no se escucha el alarido que ha lanzado, llamando a la vida que se le escapa tan brutal y fugazmente. El mexicano que ha matado al español cae también, casi instantáneamente, acompañándolo en ese viaje sin retorno.

Eran las diecisiete horas y cuarenta minutos y quedaban unos 16 legionarios en pie alrededor del subteniente Maudet…” (Joaquín Mañés Postigo: “El Mito de Camerone”, página 118). Agotados y prácticamente sin munición, los últimos hombres de Danjou cargaron a la bayoneta, saliendo al encuentro de una certera muerte. Dos hombres cayeron en ese avance suicida. El legionario Catteau trató de cubrir a Maudet… Pero todo fue en vano: Ambos también fueron alcanzados. El coronel Francisco de Paula Milán –comandante de las fuerzas mexicanas-, entonces, les instó a rendirse, asegurándoles un trato benévolo, pero los legionarios rehusaron toda rendición al menos que les garantizasen asistir a sus heridos y mantener con ellos sus armas. En un caballeroso gesto, que dice mucho de la honorabilidad mexicana, Milán repuso: “¿Cómo puedo negarme? Nada se les puede negar a estos hombres. No son humanos, son demonios”. En aquel instante, únicamente el Cabo Maine y dos legionarios quedaban en pie…

 

GRADO NOMBRE (NAC.)
ESTADO
GRADO NOMBRE (NAC.)
ESTADO
Cap. Jean Danjou (Fr.)
Muerto
Legionario Fréderic Fritz (Al.)
Muerto
Stte. (Alf.) Clément Maudet (Fr.)
Muerto
Legionario Joseph Rerbers (Al.)
Muerto
Stte. (Alf.) Jean Vilain (Austr.)
Muerto
Legionario Joseph Schreiblich (Al.)
Herido
Sgto. Mayor Henri Tonel (Fr.)
Muerto
Legionario Hartog De Vries (Hol.)
Muerto
Sgto. Louis Morzycki (Fr.)
Muerto
Legionario Geoffroy Wensel (Al.)
Herido
Sgto. Jean Germeys (Belg.)
Muerto
Legionario Antoine Bogucki (Al.)
Muerto
Sgto. Charles Schaffner (Suiza)
Muerto
Legionario Laurent Constantin (Belg.)
Prisionero (ileso)
Sgto. Alfred Palmaert (Belg.)
Muerto
Legionario François Daglincks (Belg.)
Muerto
Cabo Louis Maine (Fr.)
Herido
Legionario Jacques Van Der Meersche (Belg.)
Muerto
Cabo Adolphe del Caretto (Argelia)
Muerto
Legionario Aloïse Gaertner (Al.)
Herido
Cabo André Pinzinger (Al.)
Herido
Legionario Leon Gorski (Fr.)
Herido
Cabo Charles Magnin (Austr.)
Herido
Legionario Adolphe Jeannin (Suiza)

Cabo Evariste Berg (Fr.)
Herido
Legionario Hippolyte Kunasseg (Fr.)
Prisionero (ileso)
Cabo Ame Favas (Suiza)
Muerto
Legionario Fréderic Lemmer (Al.)
Muerto
Tambor Casimir Laï (Ital.)
Superviviente (dado por muerto y enterrado en la fosa común, logró salir y llegar hasta la columna de auxilio del Capitán Saussier).
Legionario Baptiste Leonhart (Belg.)
Muerto
Legionario Louis Groux (Suiza)
Muerto
Legionario Edouard Merlet (Suiza)
Herido
Legionario Alonso Bernardo (España)
Muerto
Legionario Hermann Schiffer (Al.)
Herido
Legionario Gustave Bertollo (Fr.)
Muerto
Legionario Jean Seffrin (Al.)
Herido
Legionario Nicolas Brugisser (Suiza)
Muerto
Legionario Pharaon Van Der Bulche
Herido
Legionario Georges Catenhusen (Dinamarca)
Muerto
Legionario Nicolas Zey (Fr.)
Prisionero (ileso)
Legionario Victor Catteau (Belg.)
Muerto
Legionario Jean-Baptiste Verjus (Fr.)
Herido
Legionario Pierre Conrad (Al.)
Prisionero (ileso)
Legionario Louis Stoller (Belg.)
Muerto
Legionario Ulrich Konrad (¿?)
Muerto
Legionario Kart Wittgens (¿?)
Muerto
Legionario Charles Dubois (Suiza)
Muerto
Legionario Luitpog Van Opstal (¿?)
Prisionero (ileso)
Legionario Frederic Friedrich (Al.)
Muerto
Legionario Joseph Sergers (¿?)
Herido
Legionario Georges Furbasz
Muerto
Legionario ¿? Hiller (¿?)
Herido
Legionario Emile Hipp (Fr.)
Muerto
Legionario Jean-Louis Timmermans (Belg.)
Muerto
Legionario Felix Langmeier (Suiza)
Muerto
Legionario Constant Dael (Belg.)
Muerto
Legionario Louis Lernould (Al.)
Muerto
Legionario Louis Rohr (Al.)
Herido
Legionario Daniel Seiler (Fr.)
Muerto
Legionario Jean Kurz (Al.)
Muerto
Legionario Henry Vandesavel (Belg.)
Muerto
Legionario Claude Billod (
Muerto
Legionario Pierre Dicken (Al.)
Muerto
Legionario Félix Brunswick (Belg.)
Prisionero (ileso)
Legionario Jean Bass (Belg.)
Muerto


Fuente: Revista “Képi Blanc: La Vie de la Legion Étrangér", No 600 (Mayo de 1.999), página 35.

En total, 31 legionarios muertos en el combate (más otros 9 a consecuencia de las heridas), 24 prisioneros –de los que 17 se encontraban heridos- y un superviviente (el tambor Laï, con siete lanzazos y dos heridas de bala) que logró alcanzar a las fuerzas propias.

Según el escritor Alain Gandy, en su “Quand la Legion Écrivait Sa Legende” (1995), “Bernardo no llegó allí (a la brecha del muro este), ya que una bala le alcanzó entre los ojos. Su cuerpo aún corrió, mecánicamente dos o tres zancadas más, antes de desplomarse boca abajo, cinco metros detrás de sus compañeros”… La realidad es que Bernardo murió alcanzado en el pecho por el balazo disparado por un mexicano apellidado Barrientos, el primer asaltante que entró por en la nave sudoeste de la hacienda, último bastión de la 3ª Compañía.

Milán estaba asombrado ante el parte de bajas propias: ¡¡300 caídos!! Calculando: Si cada soldado francés portaba de dotación para su fusil Minié de avancarga (modelo 1857) sesenta cartuchos, por 65 hombres, hacían un total de 3.700 cartuchos, lo que significaba una baja por cada doce disparos (una proporción altísima para la época). Y, lo más notable de todo: La mayoría de los caídos habían sido alcanzados en la cabeza o en el pecho… Así mueren los héroes.
 

Un legionario es un hombre de acción que busca sueños... Un legionario es un soñador que encuentra acción. Da igual que se trate de la granada flamígera o del arcabuz cruzado con la ballesta y la alabarda, los hombres bajo estos emblemas luchan siempre como uno solo, con un único credo, con un único espíritu.

La Legión es nuestra patria, reza su lema… Estos soldados no eran franceses; no era su ejército, no era su guerra… Entre ellos había herreros, empleados de banco, leñadores, un encuadernador, un guarnicionero, un mozo de hotel, un tejedor, un pañero… Entre ellos había 16 de origen alemán, quince franceses, trece belgas, ocho suizos, un austriaco, un danés, un holandés, un italiano y un español… TODOS ELLOS ERAN, SIMPLEMENTE, LEGIONARIOS.

Camerone se ha celebrado[7] en las junglas indochinas, en las guarniciones argelinas, en los desiertos iraquíes, en las montañas afganas; en Rwanda, en Mali... Deberíamos aprender de ese reconocimiento que al Honor, al Sentido del Deber, al Heroísmo y al Valor hacen nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos.


[1] Véase al respecto: Joaquín Mañés Postigo: “Españoles en la Legión Extranjera Francesa” (2009)
[2] La población no ha sido identificada con exactitud, aunque el escritor (y suboficial de la Legión) Emilio Condado Madera, la ubicaba en una pequeña villa asturiana (Joaquín Mañés Postigo: “El Mito de Camerone”, página 189).
[3] Como manifestaba el mariscal Soult, comandante en jefe de la Legión en Argelia, “Este Cuerpo es simplemente un asilo para la desgracia”.
[4] Las fuerzas mexicanas estaban compuestas por los siguientes batallones de la Guardia Nacional: El de Veracruz (al mando del coronel Rafael Estrada), el de Jalapa (coronel Terán) y el de Córdoba (coronel Talavera), además de las milicias de Corcomatopec y los Lanceros de Orizaba, la unidad de caballería liderada por Joaquín Jiménez.
[5] Por suscripción popular a iniciativa del cónsul de Francia en Veracruz, Edouard Sempé. El3 de Mayo de 1863, el coronel Jeannigros había erigido una cruz de madera con la inscripción “Aquí mora la 3ª Compañía del 1er Batallón de la Legión Extranjera”, monumento que fue reemplazado por una columna antes de que acabara la campaña de México. El completo abandono del monumento realizado en 1892 motivó que en 1.948 el coronel Penette, antiguo oficial de la Legión, ordenase la construcción de un nuevo monumento, inaugurado en 1963 y en el que se puede leer: “Aquí, fueron menos de sesenta, opuestos a todo un ejército, cuya masa los aplastó, la vida, antes que el coraje, abandonó a estos soldados franceses. 30 de Abril de 1863. A su memoria, la patria levanta este monumento”.

[6] La mano de madera de Danjou -pintada como si fuera enguantada- fue hallada por un granjero anglo-francés apellidado Langlais, quien la vendería dos años después al Cuartel General de la Legión en Sidi Bel Abbés (Argelia). Cuando la Legión se trasladó a Francia, la mano fue llevada a Aubagne, donde aún permanece expuesta en el Museo de la Legión. Dicha prótesis simboliza todo aquello que la Legión representa: Honor, Deber… Y que se te designe portadora de ella durante una parada supone un gran honor para aquel legionario elegido.

[7] Cada 30 de Abril, los oficiales preparan y sirven el denominado “Café Legionario”, para celebrar “el café que nuestros camaradas de Camerone nunca tuvieron”.

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