sábado, 11 de mayo de 2013

La VAQUILLA



Sinopsis: Aragón, 1.938. En las trincheras del frente, ambos bandos se limitan a escribir cartas o a dormitar. Pero la tranquilidad se rompe cuando un altavoz de la Zona Nacional anuncia que, con motivo de la Virgen de Agosto, se va a celebrar en un pueblo cercano una corrida. En el bando republicano reina el desánimo y la envidia debido al hambre y a que ellos no tienen fiestas. El brigada Castro, en compañía de tres soldados, un ex sacristán, un torero, y Mariano, natural del pueblo, fraguan un plan para estropear la fiesta a los nacionales robándoles La Vaquilla para ofrecerla como vianda al regimiento. El teniente Broseta se une a la misión y deciden infiltrarse en las líneas enemigas (algo no tan difícil en un frente de la fratricida lucha donde hasta se intercambia tabaco)…

Jamás se da un documento de cultura que no lo sea
a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está
libre de barbarie, tampoco lo está el proceso
de transmisión en el que pasa de uno a otro.
Por eso el materialista histórico se distancia de él
en la medida de lo posible. Considera cometido
suyo pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” (Walter Benjamin: “Tesis de Filosofía de la Historia”, VII).

Uno de los tres peores subgéneros de todos los tiempos (el de las películas sobre la GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, por debajo, todo sea dicho, de las de ETA y de las de alumnos rebeldes con profesor liberal) tiene en esta comedia el único de sus componentes que no produce vergüenza ajena, especialmente porque no trata de manipularte y porque goza de unas actuaciones más que sensacionales. La Guerra Civil Española es un tema tremendamente recurrente en nuestro cine que sin embargo no ha generado apenas películas de una calidad más o menos decente. Casi todo lo que ha llegado a ver está claramente sesgado hacía uno de los bandos y presenta una división tan clara entre buenos y malos que parece más una historia para niños que cine para adultos. Es triste que más que películas, lo que solemos tener es propaganda con retraso de muy baja calidad… Esta película es una excepción. Todo el metraje transcurre ligero y desenfadado, sacando los colores a la España actual, que se cree moderna pero sigue siendo mentalmente paleta, mediante detalles en los que se puede ver reflejado el menos pintado. Es curioso que siendo una comedia, que consiguiendo que te rías desde el primer minuto hasta el último, sea una de las pocas películas del tema que he visto que trata la Guerra Civil como lo que fue: Una confrontación entre gentes que muchas veces ni siquiera sabían por qué luchaban entre sí, que cayeron en bandos diferentes porque las líneas de frente fueron las que fueron. Una confrontación entre dos bandos llenos de claroscuros.

Pero… ¿Tiene la Guerra Civil Española material suficiente para una comedia? Si quien está detrás de las cámaras es el tándem Berlanga & Azcona, la respuesta es un rotundo SÍ. Aunque filmada en los años ochenta, este proyecto estaba en la cabeza de sus creadores mucho antes; sólo que dar una versión de la contienda alejada del espíritu triunfalista y redentor era una misión del todo imposible. Un ejercicio tan libérrimo como el aquí nos presentan, en la que quizá sea su última mejor obra, precisa de esa sobredosis de aire que da la libertad de expresión.

La guerra de Berlanga no es un ejercicio dramático; pero sí trágico, profundamente trágico. Su esperpéntica visión nos acerca a un realismo más cotidiano que naturalista. El esbozo magistral de la infinidad de personajes, marca de la casa de ambos autores, nos muestra el papel del azar que existe en todas las contiendas a la hora de arrollar la vida de las gentes (magistral la secuencia en la que Guillermo Montesinos da una vuelta enorme para ver cómo están sus tierras y arremete contra su ejército por bombardearlas). En medio de ese páramo aragonés de Sos del Rey Católico (localidad tan viva como lo estaba Guadalix de la Sierra en “Bienvenido Mr. Marshall”) asistimos a una sucesión de situaciones disparatadas, en la que se usa un leit-motiv de lo más chusco, para amplificar lo surrealista de una guerra fratricida. Así, este hermanos contra hermanos que tiene toda Guerra Civil, no es producto de una convicción ideológica (los ideólogos son los que ordenan, pero no los que mueren), sino de estar en lugar inadecuado a la hora errada. El lugar: el frente de Aragón, que no se mueve desde hace meses; la hora: las fiestas del pueblo en el bando nacional. La unión de este espacio y tiempo servirá para seguir las peripecias de cinco soldados republicanos infiltrados en territorio enemigo (ya había un precedente de infiltración, aunque del bando contrario, en la película “A la Legión le Gustan las Mujeres” -Rafael Gil, 1.976-), obstinados en boicotear las fiestas secuestrando a la vaquilla que da título a la película. No es admiración ni es amor lo que sentimos por el quinteto protagonista, pero sí que es frescura y naturalidad. Es una visión personal, pero muy poco politizada de ambos bandos, una expresión de la población española de la época, con guerra o sin ella. Es la viva imagen de la España castiza, esa que muchos hastían y muchos alaban. Es parte de nuestra cultura, para bien o para mal.

El reparto es supercalifragilístico y sencillamente de lo mejor que podía encontrarse por aquel entonces dentro del cine de nuestro país: Este desastre de tropa está encabezada por un genial Alfredo Landa, pero bien escoltado por José Sacristán como el Teniente Broseta, más ágil con la navaja (es barbero) que para dar órdenes que se cumplan; Santiago Ramos (impagable ese “Limeño” que compone, con más “cornás” de cobardía que arrojo en su toreo), Guillermo Montesinos (graciosísimo), que interpreta a Mariano, un natural del pueblo que guiará la catastrófica expedición y terminará más cornudo que la vaquilla a la que pretende secuestrar, y Carlos Velat, como rebotado cura en ciernes. Como no podía ser menos en el cine de Berlanga, el reparto está espectacular. Son viejos conocidos suyos, pero que bajo su batuta están espléndidos: Mª Luisa Ponte, Antonio Gamero, Agustín González (el actor que mejor se ha cabreado en España), Luis Ciges, Rafael Hernández y un largo etcétera para esta película coral en la que las risas se dan sobre un telón de fondo que “Paris-Tombuctu” amarga esta comedia. Los actores están inmensos, los principales y los secundarios, especialmente ese mito llamado Alfredo Landa, las escenas con diversos personajes actuando al unísono y en escenas largas tienen una fluidez difícil de alcanzar. Después de verla innumerables veces aun da gusto revisitarla porque es un placer aunque se haya perdido la frescura del toque cómico por el conocimiento de las situaciones. Especial emoción me produjo ver en una de sus últimas apariciones a Amelia de la Torre y a Tomás Zori y a Eduardo Calvo... Así como a otros que, aunque vivieran unos años más, ya no están entre nosotros: Agustín González, María Luisa Ponte, Luis Ciges y Adolfo Marsillach -se echa de menos, quizá, al gran Luis Escobar en el papel del marqués que, parece ser, había sido escrito para él, pero Marsillach cumple, y con creces-... Todos muertos ya, ilustrísimos representantes del teatro y el cine. Punto y aparte merece Violeta Cela: Es la “jamona” de la película (imprescindibles las tetas en los films de Berlanga), pero hace una interpretación tan espectacular que nos habla de lo desaprovechada que está esta gran actriz, aquí componiendo una mujer dejada llevar por las circunstancias que le toca mamar, pero con esa energía que cuando sale pone los puntos sobre las íes.

En sus memorias, en no pocas ocasiones polémicas, Landa recuerda la fuerte exigencia de Berlanga rodando las escenas con un Sol de justicia y su inflexibilidad: Tuvo que subir 41 veces a un cerro del lugar para que saliese bien la escena…

¿Y esa Vaquilla, otro “actor” más, representando la –valga la redundancia- piel de toro, en tierra de nadie, entre dos trincheras muerta de hambre y cansancio y zarandeada por dos toreros, uno de cada España? Suena una copla, la guerra continúa y nuestro país desgarrándose, abatiéndose, como la propia vaquilla, de hambre, frío o calor…

Mucho se ha hablado de "Bienvenido, Mr. Marshall", "El Verdugo" o "La Escopeta Nacional" como las mejores películas en la filmografía del director Luis García Berlanga. Sin embargo, para mí, "La Vaquilla" debería ocupar el mismo nivel de las anteriores o incluso uno mayor, ya que pocos cineastas sabrían rodar una película capaz de provocar las carcajadas con un tema tan serio como es la guerra. De unos años para acá, todo el mundo parece haber llegado al feliz consenso de que el mejor cine de Berlanga fue el que éste rodó bajo la censura franquista; no seré yo, ni mucho menos, el encargado de discutir o corroborar tal afirmación, pero sí que me gustaría señalar sin titubeos que “La Vaquilla”, con todo lo que tiene de deslazado, roza en varias ocasiones la maestría absoluta. El motivo de que no se instale definitivamente en dicho estado de intensidad creo que se encuentra más vinculado a la decadencia generalizada de medios y de mentalidad que salpicaba al conjunto del cine español de entonces (1.985) antes que a una sincera falta de creatividad. Y es que frente a la visión neorromántica, demagógica y sesgada que la derecha y la izquierda española tienen en torno a la II República y la guerra (in)civil, “La Vaquilla” supone una nada desdeñable tercera vía apoyada, como no podía ser de otro modo, en el humor y el esperpento. Siempre he sostenido que Berlanga y Azcona son dos de las pocas cabezas abiertamente lúcidas de las que puede presumir esa cosa llamada España y no sólo por motivos cinematográficos —que también—; Berlanga y Azcona reconocen hasta tal punto la chapucería y el esperpento nacionales (o sea, la mentalidad española), que la enfocan de la única manera posible: con una cínica ironía. Así, nos muestran una guerra (in)civil alejada de las leyendas y la novelería con la que habitualmente se nos vende la moto y la narran como lo que en realidad debió de ser: una contienda cutre y miserable entre el bando tradicional (el de los toros y el machismo, la misa y las procesiones, las sevillanas y el caudillaje) y el progresista (supuestamente alejado del folklore anterior, aunque habría que ver hasta qué punto en realidad fue así). Berlanga y Azcona, en última instancia, lo que hacen es reírse de un pueblo que tiene la malsana costumbre de reírse poco de sí mismo y tomarse demasiado en serio. Y ya se sabe que tan estirada y gris actitud nunca puede conducir a nada medianamente fructífero, pues la seriedad suele ser, por norma general, un refugio con demasiados traumas sin ventilar… 

Por una vez, y son pocas, no estoy de acuerdo con Carlos Boyero en absoluto al decir que esta película es decepcionante. Se trata de una historia genial sostenida sobre un guión magnífico; “La Escopeta Nacional” y su última realización “París-Tombuctú” me parecen bastante mediocres pero esta es la gran joya del cine español. En la última gran película de Berlanga, “La Vaquilla”, volvemos a encontrarnos los dos grandes pilares de su cine, el sentido del humor y la crítica irónica de la sociedad, todo ello con el estilo de obra coral que le ha caracterizado. Fue el proyecto más complejo y dilatado de toda la carrera de Berlanga, muchas décadas para llevarlo a cabo, y el resultado es muy bueno, aunque como en todas sus películas como pasan tantas cosas, con tanta gente, todo el tiempo, no es fácil mantener el nivel en lo más alto, y hay cosas que son más flojas, lógicamente. En resumen, este magnífico film es un acercamiento en clave de comedia a nuestro gran tema del ya siglo pasado, LA GUERRA CIVIL.

Normalmente la mezcla de comedia y drama me resulta indigesta y censurable, se trata de una comunión imposible. La teoría dice que los opuestos son eso, opuestos, así que muy pocos que lo intentan llevan a cabo esa conjunción con éxito. Con Berlanga y su Vaquilla me encuentro ante una excepción en toda regla, el tono de humor apenas se pierde desde el principio, pese a que el escenario no podía ser más terrible. Y el resultado, excepcional. El sainete arranca con brío: en la Guerra Civil española una trinchera en la que parece que están de picnic, pero uno, en calzoncillos, la recorre agachándose, "porque estamos en primera línea, coño".

Provoca la risa, como en todas las corales de Berlanga (esa anécdota simpática que es “Moros y Cristianos”, “Todos a la Cárcel”…), pero en ésta, además, uno puede llegar a emocionarse, pues sin venir a cuento -como en los grandes maestros del grotesco italiano o el esperpento español-, de pronto la risa se transforma en mueca dolorosa, el ridículo de la guerra, lo cutre de todos y de todo, el poder inmenso de cretinos aristócratas que tratan un pueblo como "nuestra finca"... muestra su rostro verdadero. Y para este giro Berlanga no necesita más que un paisaje con animales y una canción...

Demoledor contra el miserable costumbrismo, los conflictos sociales tradicionales y cuanto se encontró en su camino. No deja libre a nadie del ridículo de vivir desesperadamente... y todo con un reparto colosal para protagonistas y secundarios, atreviéndose a hacer una farsa cruel de nada menos que la Guerra Civil. Y además, metiéndose con todos, toma partido.

Los personajes son caricaturas en un lado y en otro, de manera que la imparcialidad garantiza el éxito del desarrollo de la historia. Apenas hay malos o buenos, ni los militares de mayor mando dejan de ofrecer humor. La manera de reflejar la desorganización republicana (es inconcebible que el personaje de Sacristán tenga más galones que el de Landa, mucho más profesional) y la moral atávica de los franquistas (el rol del capellán castrense es muy interesante) es tan demoledora como sin necesidad de acento… Y detrás el drama, aplicado con un cuentagotas preciso, sobre todo en un final tan bien contado que a cualquiera le sugiere ese color gris y esa tristeza que supone toda guerra.

Cuantas más veces se revisita, más compleja resulta la manera en que Berlanga ha podido obtener esa aparente sencillez con la que se suceden las aventuras y con la que se desarrolla cada una de ellas. Es Berlanga en estado puro, con su estilo tan personal. En larguísimos plano-secuencia (esos planos secuencia tan suyos, inagotables y panorámicos como no se han hecho en el cine español y, qué diablos, ni en el cine internacional los he visto de este modo tan sincero, sin perder la comedia ni desprenderse jamás del localismo, algo exagerado pero siempre reconocible, que nos define, nos guste más o menos), los actores entran y salen de escena mientras la cámara aguanta el tipo, o esta se mueve con los personajes cambiando de un set a otro aún más extenso y concurrido. El resultado es que el espectador se evade totalmente de la situación artificiosa de ver una película más y consigue contemplarla como un teatro de la vida. Bajo la chabacanería sólo hay autocrítica, y junto con la simplicidad aparente, ganas de huir del maniqueísmo y ampulosidad de la mayoría de los filmes sobre el tema, tan de moda desde hace unos años y tan llenos de sí mismos. ¿Cuándo aprenderemos que menos es más?

En la parte técnica (aparte de la característica forma de rodar de Berlanga en plano secuencia, que vuelve a mostrar toda su veteranía a la hora de planificar escenas), desigual resultado, mejorable el sonido y efectos de sonido y en fotografía, bien resuelta la parte de las localizaciones locales, en el pueblo, regular en interiores y los exteriores nocturnos y escenas con poca luz muy mal conseguidas, con un poco más de cuidado en estos apartados la factura general del film hubiese quedado redonda.

En "La Vaquilla" se descubre un cine de Guerra Civil hecho sin rencor, con ganas sinceras de unir, y nunca de aumentar la brecha, sino de hacerla desaparecer, como siempre tuvo que haber sido. Un conflicto donde no se ven más buenos o más malos en uno u otro bando, y es que a cada uno le tocó donde le tocó y cualquiera pudo haber estado aquí o allí (una visión más acorde a lo que fue la Guerra Civil, un episodio en el que la gente se vio forzada por las circunstancias, y en el que no todos eran héroes ni todos eran villanos). Es precisamente esa falta de "buenos" y "malos" la que la hace (entro otras muchas cosas) tan notable: Es un retrato feroz, pero, al igual que en "Plácido", no hay ningún odio o resquemor, simplemente era así. Sin dramatismos pero inexorablemente cruel con el vencido, mostrando un mundo que se iba a imponer no precisamente positivo. Las notables carcajadas no ocultan el telón de fondo, pero, la sensibilidad bajo la pluma de Azcona logra esta increíble fusión, uniendo todo con el tacto de los genios. "La Vaquilla" es mucho más que una obra sobre la Guerra Civil. Es la sapiencia de a quien ante tanto horror, se le ocurre recurrir a la risa como modo de castigo y perdón, al unísono. Qué pena que esa actitud no sea la más habitual, que pena que nos guste más ver nuestras diferencias que compartir nuestras semejanzas. Berlanga lo sabe, Berlanga lo sabe y nos lo deja preparadito para disfrutarlo y aprender con ello, pero sólo para quien lo quiera. El que prefiera seguir peleado con todo nunca verá el fondo de conciliación tan claro, sin renunciar nunca a las ideas.

Insinúa usted que mis hombres no tienen cojones! Sargento..." ¿Quién es capaz de realizar con humor una película de humor sobre la Guerra Civil? Muy simple es Luis García Berlanga junto a nuestro, ya desaparecido, Rafael Azcona. La Guerra Civil suele ser un tema de conflicto y enconada polémica. Pues bien, Berlanga pone a Alfredo Landa, Santiago Ramos, Puigcorbé, y demás serie de actores que hoy día son contrastados, y se dispone a hacer ¡una comedia de la Guerra Civil! Que con ese humor tan ácido hagas un alegato antibelicista tan rotundo me parece sensacional señor Berlanga, y lo mejor y lo que más se agradece desde el punto de vista neutral, algo que se echa de menos en nuestro cine... Creo que no es una obra maestra del todo (le falta un poco más de seriedad pero... ¡Si no, no sería “La Vaquilla”! ¡No nos troncharíamos de risa!), pero sí de las mejores de Berlanga, es la que más se acerca a sus obras maestras, pues es la Guerra Civil según Berlanga: El director había conseguido de sobra ganarse el respeto de sus colegas gracias a películas que ya formaban parte de nuestro Olimpo particular, realizadas en plena dictadura en las que con ingenio y acidez (y con su guionista habitual Rafael Azcona) , consiguió burlar la censura franquista con comedias aparentemente inofensivas pero que escondían cierta crítica hacía determinadas situaciones y actitudes. Ya superado el franquismo, Berlanga siguió aplicando las mismas recetas, pero es indudable que su mejor obra data de los años 60. Quizás con esta película, se sacaba una espina que tenía clavada al ambientar un film en el conflicto que asoló España entre el 36 y el 39 (de hecho, Azcona llevaba dándole vueltas al libreto desde 1.956). El desarrollo del film es 100 % Berlanga con ese tono costumbrista habitual en sus mejores obras, aunque ya se empieza a observar un agotamiento, una excesiva repetición de modelos sobradamente conocidos y que ya en los 80, comienzan a dar síntomas que están pasando de moda. No obstante, pese a estar hablando de una película realizada hace más de 25 años y se han realizado (y se están realizando) películas que giran alrededor de la Guerra Civil, Berlanga sigue siendo de los pocos que manejan con una gran lucidez el conflicto, situándose por encima de cualquier división maniquea entre buenos o malos, y limitándose a hablarnos simplemente de personas. Personas enfrentadas entre sí, sin que tengan demasiado claro los motivos (prácticamente no se habla de política en el film), y sin que evite (voluntariamente) cierta sensación de absurdo que flota en el ambiente. Por otro lado, Berlanga, deja bien claro lo que piensa del conflicto con una imagen final más que explícita. ¿Qué fue la Guerra Civil, según el director? Una guerra absurda entre españoles, por una vaquilla que representa a España. Nos encontramos con toda clase de personajes con los que vivimos situaciones delirantes (Montesinos escribiendo en la puerta de la casa de su antigua novia "La Juana es facista”, por ejemplo) en medio de una igualmente delirante misión que, como bien indicaban en la denostada “Walkyria” (Bryan Singer, 2.008), “es una operación militar. Nada resulta según el plan”… Pero ¿no es ya de por sí una guerra civil -la más incomprensible de todas las guerras, porque pone a hombre a pelear contra vecinos, amigos o colegas, incluso contra sus propios familiares– trágicamente delirante?


Lo importante de la película, y del cine de Berlanga en general, es la capacidad de tratar diversos temas de la sociedad española de manera crítica y humorística (irremediablemente, la gracia forma parte de la realidad española, ya sea de manera inteligente o vulgar), pero se aborda la realidad fielmente, y más en un tema tan controvertido como la Guerra Civil. Y es a partir de aquí cuando traemos a colación dos temas que decepcionan mucho del cine español:

1.- El primero es que el cine español actual ha perdido el sentido crítico. Es raro que no se critique el sistema sociopolítico y socioeconómico actual, y que sólo se hagan pequeñas historias y comedias malísimas. Desde hace muchos años (y aparte de “Silencio en la Nieve”) no se ha hecho nada verdaderamente importante en el cine español, no se ha hecho ninguna película que de verdad aborde temas que son importantes (por ejemplo, la guerra de Afganistán –veremos Calparsoro- o incluso la crisis económica actual). Evidentemente, el cine está en manos del Estado, y mientras siga estando bajo es control, es imposible que haya libertad de expresión, y mucho menos, creatividad artística.

2.- El segundo es la distorsión que se ha hecho del periodo de la Guerra Civil.: Nuestro sistema político pretende darnos una visión distinta de la guerra, o bien a favor de la España Nacional, o bien a favor de la España Republicana, a la simple manera de "estos son buenos y estos son malos, y viceversa". Es cansina esa visión tan cambiante. Y si es tan cambiante la visión de este periodo con su controversia, es que no se ha asumido del todo; nadie dice "fue una guerra entre españoles", dicen "fue una guerra contra los rojos" o "fue una guerra contra los fascistas". Los que leerán la crítica pensarán: "Coño, Goya fue un profeta al hacer el cuadro de los dos tíos dándose garrotazos". Lógico, porque el tema de "las dos Españas" no es del siglo XX, es del siglo XIX, así que los españoles, sin darnos cuentas, tenemos encadenado un fantasma de hace dos siglos, que ya no se aprecia tan fácilmente.

En estos tiempos en que corren parejos la mala leche y el revisionismo ¿histórico?, en que unos y otros andan enzarzados y a la greña, porque los tirios pretenden que aquí no pasó nada y los troyanos quieren ganar una guerra que perdieron, que todos perdimos, hace... setenta años, creo que la mirada sabia y divertida que sobre nuestra peculiar idiosincrasia hispana hacen los maestros Berlanga y Azcona, lejos del revanchismo actual, merece ser tenida muy en cuenta: Estos dos sabios nos enseñaron a reírnos de nosotros mismos y de nuestros defectos, mostrándonos que en el fondo y aunque pensemos distinto somos tan iguales... veinte años después parece que vamos para atrás como los cangrejos.

Probablemente ésta sea la última gran película de la larga colaboración entre esos dos genios que atienden por Berlanga y Azcona. Utilizando el esperpento como argumento narrativo, se nos presenta un retrato feroz de ese absurdo que es la guerra, y más una Guerra Civil: A través de la risa los creadores nos cuentan, de manera inteligente, una historia en la que se burlan de los estereotipos y de las idiosincrasias de cada bando, en la que la sinrazón se evidencia en la tierra de nadie (lo que me recuerda a esa pequeña gran obra de Danis Tanovic, con ciertos paralelismos a la que nos ocupa). Es asombrosa capacidad para distorsionar la realidad y presentarla como algo absurdo y grotesco. A lo largo del film se suceden las situaciones más irreverentes y es imposible no reír ante las peripecias. A lo largo del film se retratan las clásicas taras españolas, y debe admitirse que el escarnio resulta lacerante en muchos momentos: La falta de orden y disciplina, la tendencia a las actuaciones chapuceras, las conductas egoístas, la hipocresía y la falsedad de nuestra sociedad... Todo queda retratado con una cáustica crudeza en una obra genial donde, hasta el epílogo, rebosa la comicidad. Porque es EL HUMOR el ente vertebrador que hace de unión entre el costumbrismo-realista que tanto gustaba al director. Berlanga tenía el don de no dejar caer a sus patéticos personajes en un pozo oscuro, les daba un punto de luz, llamado humor que les guiaba hasta su inefable destino.

Hablar de “La Vaquilla” es hablar de la dicotomía existente entre los de Villa-arriba y Villa-abajo, que son dos caras de la misma moneda y ellos mismos no se dan cuenta. Esa dualidad de pareceres que en ocasiones llegan a situaciones dramáticas como la vivida con la Guerra Civil española es lo que retrata este largometraje. Clásico sobre la Guerra Civil, ácida, atrevida y muy divertida. Difícil tema tenía el tío Berlanga para llevar a buen puerto este trabajo, más por el tema que por el guión, pero supo darle la impronta necesaria y el equilibrio justo para que la historia abdujese al espectador para pasar un buen rato y hacernos olvidar, al menos en unos minutos, el episodio más vergonzoso y humillante de la historia reciente de nuestro país....y es que España es diferente, si no, una película como esta no hubiese sido posible a no tanta distancia del acontecimiento en cuestión. Y, bueno, aquí lo que importa de verdad, es la historia y desde luego no escatima barroquismo y lirismo a partes iguales para contarnos una verbena de personajes y situaciones, en algunos casos, reales como la vida misma, con unos personajes caricaturizados hasta el extremo que alcanzan su máximo histrionismo a medida que va avanzando la historia y se les van complicando sus objetivos, un planteamiento simple e ingenuo, que, sin embargo se convierte en toda una aventura por los problemas obvios de la escena, convirtiendo todas y cada una de las escenas y secuencias en pequeños "gags", que, en conjunto y bien combinados conforman la totalidad del metraje de la película, curiosa combinación que acaba engranando la historia de una manera más que solvente.

Al final resultó ser un producto difícil, contando con un presupuesto de 250 millones de pesetas (millón y medio de euros) y unos 500 extras (además de auténtico material de la época, como esos carros blindados T-26 restaurados), convirtiéndose en la película más cara de la historia del cine español (un año después la superaría “El Caballero del Dragón” de Fernando Colomo, con 300 millones de pesetas de presupuesto). Su recaudación fue superior a 3.170.000 de euros, unos 512 millones de pesetas (más del doble de su presupuesto) y con algo más de 1.900.000 espectadores (ahora, con este número de espectadores serían 11 millones de euros aproximadamente). Comparen con otras películas españolas.

En definitiva, un Berlanga mayúsculo: De acuerdo: “La Vaquilla” no es “Plácido”, ni “El Verdugo”. ¡Pero es grande, muy grande! De tratarse de cualquier otro director hispano, estaríamos hablando de una obra maestra. A Berlanga, en cambio, le exigimos una genialidad continua, superlativa, que le dure toda una vida. Y eso, claro, es muy difícil de conseguir. Es una película divertida, mordaz y acida, no tiene la opulencia de alguna obra de Billy Wilder, o la clase de Lubitsch, pero incorpora en “La Vaquilla” una pátina de tristeza y de amargura que consigue equilibrar la obra de forma milimétrica.

Muchos pueden catalogar esta película de irrespetuosa (y más partiendo de una persona que había vivido en sus carnes el drama de la guerra y había partido después hacia Rusia con la División Azul), pero el mensaje que deja la película (sobre todo con la escena final en la cual vemos una vaquilla agonizante en tierra de nadie, que expira entre muletazos y que nadie va a poder finalmente usarla para sus propósitos) escondido bajo un tono cómico, es el de toda una tragedia. El final, de los más inspirados que se pueden ver en una pantalla, es sencillamente una de esas imágenes en la que es cierto ese dicho de que lo que ves, vale más que mil palabras. Por eso hay que ver “La Vaquilla”, ES BERLANGA. ES BUEN CINE.


LO MEJOR:
En esta más que en otras, detrás de esa irreverencia del guión hay –aparte de su acidez, su ironía y lo caricaturesco de los personajes- un tono muy amargo, incluso melancólico de un tiempo perdido. Esa vaquilla herida de muerte en tierra de nadie, desaprovechada, es la gran metáfora de España, y no ya de la Guerra Civil, sino de todo el último siglo. El estar unas ciudades y unas regiones, enfrascadas en mirarse el ombligo mientras se escupe al otro, al del otro lado del río, de la montaña o del valle, buscando una historia pasada que le glorifique a él y a los de su “pueblo” y que vilipendie al de enfrente.

A priori, una visión superficial del film concluiría que estamos ante más de las películas de chanza que pudieron perpetrar entre Azcona y Berlanga, con un reparto brutal y con un mensaje oculto que difícil de ver, provoca que la película se considerada de risa. Pero en dos escenas, en dos simples escenas, se retrató la Guerra Civil como nadie la podría haber intuido: El baño en el río, todos desnudos, sin uniformes, sin galones ni banderas, siendo sencillamente humanos, desconociendo la identidad del otro, siendo simples hombres, ni colores, ni bandos, sólo personas (hombres totalmente alejados de los estereotipos de heroicidad que residen en el género bélico, más interesados en vivir que en morir).

Te hace reír hasta la extenuación con escenas de humor costumbrista, absurdo muy español, pero por desgracia muchas de las escenas absurdas que refleja el maestro Berlanga en este film son verdades crudas y algunas muy crueles. La desorganización e improvisación en el ejército republicano, el caciquismo y clasismo desmesurado en el bando nacional, con marqueses y curas representando el poder...

La escena de los soldados que quieren cambiarse de bando porque en la zona contraria cada uno tiene amigos y familia es sencillamente genial, relata el drama de la Guerra Civil, familias , vecinos, amigos... Enfrentados todos ellos, muchos incluso sin tener otra opción...

Y el final, maravilloso, toda una metáfora, poesía pura y dura... de la maldita guerra, con la Hija de Juan Simón sonando mientras lo que vemos en la última escena no deja lugar a dudas en cuanto a la incapacidad de raciocinio del ser humano y con esa vaquilla que entre los dos matan y que dejan descomponerse a la intemperie sin hacer nada, posiblemente, la mayor alegoría de la Guerra Civil, una guerra en la que entre todos mataron a España y ella sola se murió. Es, en resumen, el descabello de España… Un toque final grandioso donde Berlanga puso su mejor rúbrica, dejando claro que, a pesar de que uno se puede reír de todo, y que en pelotas todos somos iguales, hay tragedias que no dejan lugar para la sonrisa.

Es impensable esta película sin esos artistas de primera, los Sacristán, Landa... una generación irrepetible que con los años creo que muchos españoles que siempre tuvieron sus recelos o sus reparos han terminado por aceptar como algunos de los más grandes actores del cine español. De los protagonistas (¿cuál de ellos es?) decir que están todos magníficos, sorprende el hecho de encontrarnos, en una película tan coral como es el caso, una amalgama de tan buenas interpretaciones, eso sí, tan personales como excesivas, pero tan perfectas individualmente que parecen planteadas como una lucha de "robaplanos" a ver cual resulta mejor, y en este caso favorece la calidad del trabajo aportando improvisación y frescura a los personajes, no sabría decir que personaje me ha gustado más, quizá Alfredo Landa, pero es que están todos magníficos.

Genial el tonto del pueblo (Fernando Sala).

Genial el “momificado” y cornúpeta Guillermo Montesinos, "momificado".

Y geniales las localizaciones, en Sos del Rey Católico (Zaragoza) y contando con la participación de una gran parte de su población en papeles de extras (el rodaje supuso en su momento todo un acontecimiento para el pueblo que se volcó en el evento). En dicha localidad se celebró en el año 2.010 (el mismo año que falleció Berlanga) el XXV aniversario del rodaje de la película, donde estuvieron presentes muchos de los actores y actrices de la película y a los que se homenajeó con un monumento en su honor.

Así mismo, es de destacar también la fotografía del asturiano Carlos Suárez (hermano del director, Gonzalo), uno de los mejores profesionales del gremio en nuestro país.

Con “La Vaquilla” puedes reírte, pensar, emocionarte, divertirte… Pero jamás aburrirte, y eso únicamente lo logran los grandes.

 
LO PEOR:
El mayor defecto reseñable es que quizá el film decae en su última media hora: Berlanga se pone excesivamente trascendente en la plasmación del mensaje y prolonga deliberadamente el metraje para que nos empapemos bien del tema (está claro que unos combatientes chinos -pongamos por caso- nunca podrían haberse infiltrado en el Bando Nacional español sin ser descubiertos). Por ahí la película se hace pesada, te llegan a dar ganas de que los atrapen y los fusilen para que se acabe de una vez. Por otro lado se descuida un humor más fino que daría más verosimilitud y eficacia a la sátira antibelicista.

Nota: 7,7. Muy recomendable.

Me declaro admirador de Berlanga por su sabiduría, por su conocimiento de la gente, por su entendimiento de las sociedades. También por su inocente mala leche, por su descarado fetichismo y por su valiente y honesta sinceridad. ¡Qué cara le echaba Vd., D. Luis!

Firmado: Donato, el de la IV.


Cuidado, mi Teniente, cuidado conmigo, eh.
Hemos corrido un encierro.
Nos hemos tragado una misa.
Hemos llevado una Virgen,
Hemos cargado con un marqués.
Usted, ha afeitado a un fascista.
A mí, me han pegado una cornada.
Éste se ha cagado.
A éste, lo han vestido de sacristán.
Y a éste le han puesto los cuernos.
Y todo por la jodida vaca…
¡Que le den mucho por saco a la vaca!
Yo me voy a comer”.
 (Diálogo de don Alfredo Landa en un momento épico de la película)

Ficha Técnica: 
Dirección: Luis García Berlanga.
País: España.
Año: 1.985.
Duración: 122 minutos.
Guión: Rafael Azcona y Luis García Berlanga.
Música: Miguel Asins Arbó.
Fotografía: Carlos Suárez.
Protagonistas: Alfredo Landa (Brigada Castro), José Sacristán (Teniente Broseta), Guillermo Montesinos (Mariano), Santiago Ramos (“Limeño”), Carles Velat (“Cura”), Violeta Cela (Guadalupe), Eduardo Calvo (Coronel Republicano), Agustín González (Comandante Nacional)., Juanjo Puigcorbé (Alférez), Rafael Hernández (Sargento Nacional), Antonio Gamero (Sargento Nacional), Carlos Tristancho (“Cartujano”), Valeriano Andrés (Párroco), María Luisa Ponte (Juana), Amelia de la Torre (Adela), Adolfo Marsillach (Marqués), Francisco Valdivia (Piporra), Amparo Soler Leal (Encarna), Tomás Zori (Matías), María Elena Flores (Vicenta), Fernando Sancho (Alcalde), Valentín Paredes (Soldado en calzoncillos), Joan Armengol (Soldado Nacional), Pedro Beltrán (Roque), Luis Ciges (Barbero), Ana Gracia (Hermana del tonto), Sergio Mendizábal (Capellán Castrense), Fernando Sala (Tonto del pueblo),

viernes, 10 de mayo de 2013

La Toma del GURUGÚ


LA TOMA DEL GURUGÚ: NUESTRA COLINA DE LA HAMBURGUESA.

El 11 de Mayo de 1.969 el 3er batallón de la 101ª División Aerotransportada informó de la presencia de tropas enemigas en lo que entonces se denominaba simplemente colina 937, en el Valle de Ashau, a pocos kilómetros de la frontera con Laos, y el alto mando ordenó que dicha posición fuera tomada a cualquier precio. Se atacó los días 12, 13 y 14; fueron tres los ataques sucesivos en los que las tropas norteamericanas sufrieron grandes pérdidas. Se solicitó apoyo aéreo y la Fuerza Aérea realizó un fuerte bombardeo con napalm y alto explosivo, pero los norvietnamitas se encontraban bien protegidos en refugios excavados un poco por debajo de la cima, de modo que resistieron la embestida. Con la incorporación de otros dos batallones norteamericanos y tropas survietnamitas se volvió a intentar la toma, pero nuevamente los norvietnamitas aguantaron el envite. El día 19 se habían lanzado ya diez ataques. La defensa comenzaba a flaquear y la posición estaba perdida, pero un helicóptero artillado norteamericano equivocó las coordenadas y barrió casi por completo a la columna que trepaba entre los árboles y la maleza. La toma no se produjo. El undécimo ataque, el día 20, culminó con la conquista de la colina. Sin embargo, unos días después se ordenó abandonar la posición y los norteamericanos se marcharon llevando los cuerpos de sus compañeros que pudieron encontrar. El número de víctimas norteamericanas fue de 72 (si bien sólo se pudieron recuperar 60 cadáveres) y 372 heridos. Fue este elevado número de bajas el que hizo que los soldados denominaran a la colina como “Colina de la Hamburguesa”…

Tras el desastre del Barranco del Lobo[1], las operaciones militares españolas no se reanudaron hasta el 20 de Septiembre, porque como reconoció el propio general Marina había que “rehacer el espíritu de aquella gente, bastante quebrantado”, antes de que volvieran a combatir. Dice la tradición militar que "Los grandes comandantes cometen errores, pero aprenden de ellos", eso es lo que pareció suceder entre el mando español. El general Marina paraliza todas las operaciones militares a la espera de recibir refuerzos desde España, no quiere dar un paso sin asegurar que será seguro y que no se convertirá en una nueva sangría. y el Gobierno atendió rápidamente la petición. Los batallones de la 3ª Brigada desembarcan desde finales de Julio. El 31 de Julio están en Melilla las Divisiones Orozco y Álvarez de Sotomayor y la 2ª Brigada de Cazadores del General Ricardo Morales, con un total de 22.000 hombres. Hay 25 batallones de infantería (18.300 efectivos), 3 Grupos de ametralladoras (200 hombres), la Compañía de Mar, 4 escuadrones de Caballería (400 caballos), 52 piezas de artillería (1.500 artilleros de tropa), 4 Compañías de Zapadores y 3 de telégrafos (750 hombres). A principios de Agosto empezaron a desembarcar el Batallón de Chiclana, el Regimiento de Húsares de la Princesa, 2 batallones de Ferrocarriles y un Tren de Aerostación. En total, iban a acumularse unos 30.000 hombres. Además, se consideró la posibilidad de solicitar otra división expedicionaria, lo que permitiría a las fuerzas españolas alcanzar los 40.000 hombres. El 16 de Agosto se ordena que desde el 1 de septiembre los reservistas de los batallones de infantería sean concentrados en las 5ª compañías (o de depósito) y que se les encomienden servicios de guarnición y de plaza, pero no en las operaciones a vanguardia. El 24 de Agosto han acabado los preparativos para lanzar una gran ofensiva que permita aislar la península de Tres Forcas (al norte de Melilla) para así pacificarla más fácilmente y reforzar el cabo de Agua, al este, en las inmediaciones de las Chafarinas. Como escribe Carlos Seco Serrano en su más que recomendable libro "La España de Alfonso XIII": "A mediados de Agosto se habían acumulado ya fuerzas en número de 30.000 hombres, 2.000 caballos, 3.000 mulos y 62 piezas de artillería; en septiembre esas cifras se redondeaban: 40.378 infantes, 3.100 caballos y 141 piezas" El día 26 era ocupada Nador, el 27 Zeluán (donde se produjeron actos de pillaje por parte de las tropas españolas).

Y, por fin, el 29 de Septiembre de 1.909, el ejército español dio el golpe de autoridad esperado. “La toma del Gurugú -proclamó “El Noticiero Bilbaíno"-, significa un éxito para el ejército y una firme promesa de paz”. Tras casi dos meses de combates en los que las tropas españolas habían resistido al límite los embates de los bien organizados grupos de cabileños, se produjo el hecho que justificaba de sobra las tensiones y las dramáticas jornadas que se habían vivido en España, sobre todo en Barcelona, durante los últimos días del mes de julio. No cabía la menor duda de que la toma del Gurugú, punto clave de las posesiones españolas, dejaba muy claro quién mandaba en el norte de África. Además, con esa acción tan heroica se tapaba, al menos eso se intentaba, el desastre del Barranco, combate que había causado numerosísimas bajas entre los españoles: 17 jefes y oficiales, además del propio general Pintos, y 136 hombres de tropa y soldados muertos; 35 jefes y oficiales, y 564 heridos... Una derrota que la censura se encargó de maquillar al evitar que saltara a la primera página de los principales diarios del país. Por eso la fantástica victoria del Gurugú fue proclamada por todo lo alto.

La revista “La Ilustración Artística” comenzaba diciendo: “… reina en toda España grandísimo entusiasmo y pocas veces ha sido tan justificada la explosión unánime de júbilo nacional”. Y prosigue más adelante: “por millares se cuentan los telegramas de felicitación que las representaciones de todas las fuerzas vivas del país han dirigido al general Marina, al ejército de África y al Gobierno”.

El Gurugú, pequeña montaña a escala orográfica, paradójicamente era considerada por la prensa melillense de la época, posición poco menos que inexpugnable y estaba considerada como la llave de la dominación del Rif: Los habitantes de la ciudad se la imaginaban como un animal monstruoso que custodiaba la entrada a Marruecos que en esos años se presentaba como un país desconocido y enigmático. Quien consiguió el milagro de su ocupación y fue considerado el actor principal de tamaña gesta, no era otro que el carismático general Marina a quién en opinión unánime de los corresponsales de guerra, le corresponde la mayor parte de la gloria, “porque actuó sin precipitaciones peligrosas, atendiendo únicamente a buscar las mayores posibilidades para el triunfo definitivo y sacrificando la brillantez de las operaciones a su afán por ahorrar la sangre del soldado”. Añaden que “el citado general ha llevado esta campaña con una pericia y un tacto que han sido la admiración no sólo de España, sino también del extranjero”. La gloria de esta hazaña era compartida por sus adjuntos, los generales Orozco y Tovar, amén de los 34 batallones que participaron en los distintos episodios bélicos.

Como contrapunto a los adjetivos exultantes y a la magnificación que tuvo la conquista, debemos señalar también las suspicacias, sospechas y recelos que se suscitaron en los corresponsales de guerra, al observar la poca resistencia que opuso el enemigo a la ocupación, pues no encontraron ni una sola ametralladora en las múltiples cuevas y recovecos de la considerada en su tiempo inexpugnable montaña, que hubiera imposibilitado el acceso a la cúspide. Por aquellos días se especuló sobre el verdadero motivo del desalojo del monte por parte de las harkas enemigas y que no fue otro que las presiones y el chantaje de confidentes que, como el “Moro Gato[2], ejercieron sobre las cábilas que lo defendían. No obstante, la anterior observación no debe ensombrecer la belleza (si la guerra tiene perfiles bellos) que en su conjunto nos ofrece el relato histórico, pues toda obra de arte tiene su claroscuro.

La conquista del Gurugú vino precedida de la ocupación de posiciones envolventes como Nador y Zeluán, amén del Zoco El Had. En el combate de Abr-hit, preludio de la toma del Gurugú, el escuadrón de cazadores de Alfonso XII cargó con tal fiereza, que algunos oficiales -cuyos sables se habían partido a fuerza de golpear con ellos- siguieron atacando con las quebradas hojas y dejaron el campo cubierto de cadáveres del enemigo… La posesión de estos emplazamientos era condición indispensable para conseguir una de las metas más ansiadas por los melillenses a lo largo de los siglos y que no era otra que culminar el ascenso y ocupación de las cumbres del Gurugú.

La secuencia de los hechos comenzó el día anterior: Los obuses Ordóñez de bronce comprimido, tienen un alcance de ocho kilómetros y pueden batir hasta las mismas alturas del Gurugú. Una docena de ellos estaba instalada en el Fuerte Camellos, dominando con su fuego una amplísima zona, con tiros directos y disparos de altura, ahorrando con esto el empleo de fuerzas de infantería tan necesarias para otros servicios. En las lomas del Gurugú había varias casas atrincheradas que los rifeños utilizaban como fortines para hostilizar a nuestros soldados. Por ello, el general Marina dispuso para destruirlos que se probara en ellas el efecto de los nuevos cañones Schneider de tiro rápido emplazadas en el campamento del Hipódromo. El segundo disparo ya dio en el blanco e informado de ello el jefe de la batería por el globo cautivo “Júpiter”, concentró sobre la edificación una lluvia de granadas explosivas que las arrasaron…

El ataque propiamente dicho se inició con la salida de Melilla a las 5 de la madrugada desde el Hipódromo de las fuerzas de la guarnición de la plaza, al mando de los generales Real y Arizón: “Comenzaron a trepar las laderas del Gurugú yendo a la vanguardia la Policía Indígena (mandados por el caíd Chacha y Maimón Mohatar[3]) y los refugiados de Farhana y Mezquita capitaneados por El Gato. Los rifeños al divisar nuestras tropas huyeron precipitadamente sin disparar un tiro” (así lo relatan las crónicas de la época). Poco antes de las 8 de la mañana coronaban las cumbres del Gurugú las primeras fuerzas avanzadas, el pico más alto (a la vista desde Melilla es el Basbel), lo ocupó la brigada disciplinaria con una compañía del batallón de Navas. El segundo pico (a la vista de Melilla es el Kol-La) lo ocupaban las cuatro compañías del Regimiento África.

En España la noticia se recibió con una inmensa alegría:

Al poco de coronar la ocupación de los dos picos, visibles desde Melilla, sobre ellos comenzaron a tremolar sendas banderas españolas. El momento fue solemnísimo, emocionante, según las crónicas: La artillería de todos los campamentos, y de la escuadra surta frente a la bahía y la de Melilla, dispararon salvas de 21 cañonazos. Y en todas partes los soldados prorrumpían en estruendosos vivas a España. En Melilla la población entera se lanzó a la calle; las campanas de las iglesias se echaron al vuelo; todas las bandas de música de la plaza tocaron la Marcha Real; militares y paisanos fraternizaron: el júbilo que produjo el acontecimiento era indescriptible. “Diríase –asegura un testigo presencial- que un vértigo de locura patriótica se ha apoderado del vecindario entero; grupos de chiquillos recorren frenéticos las calles…”. Este emocionante cuadro, difícilmente reproducible en el futuro, quedará imborrable como esculpido en bronce, en la memoria histórica de la ciudad. El arriar de las banderas españolas a las pocas horas de ser izadas en su cumbre causó estupor y desilusión en los melillenses y recelos, como ya hemos apuntado, entre los corresponsales de guerra. Ante tan desbordada euforia, desde la perspectiva del tiempo, cabe preguntar si estaba justificada porque suponía finalizada la guerra, y parecía dar a entender el triunfo definitivo sobre las harkas de las temidos e indómitos rifeños. La respuesta sólo puede darse desde la empatía, consistente en adentrarse e imbuirse en los sentimientos que embargaban el alma atormentada por el terror y la angustia de los melillenses de principios del siglo XX. La montaña sólo les había producido sinsabores y sobresaltos por los disparos continuos desde sus alturas y estribaciones, los cuales engendraban zozobra e inseguridad en la población. Los disparos procedían de los modernos fusiles Remington de 21 disparos por segundo y de los cañones Schneider, arrebatados a los españoles.

En Bilbao, por ejemplo, todos los edificios públicos fueron engalanados con banderas nacionales. También se sumaron a la celebración el Club Náutico, el Teatro Arriaga y el Círculo Mercantil e Industrial. Muchos de ellos, incluso, llegaron a iluminarse por la noche. Se dispararon cohetes y las bandas de música salieron a la calle al son de alegres melodías. Y eso no fue lo único. El presidente de la Cámara de Comercio, Pedro Chalbaud, y su homólogo del Club Náutico enviaron telegramas de felicitación al rey, don Alfonso XIII, por la brillante y heroica acción llevada a cabo por el valeroso ejército español. Hasta la Diputación, a través de su presidente, el señor Salazar, mandó sus cumplidos al rey y a otras autoridades. “La Diputación provincial de Vizcaya -se expresaba en uno de ellos- se asocia con entusiasmo a la satisfacción del Gobierno por la feliz realización de sus planes en África”. Nadie dudaba de la enorme importancia que tenía la toma del Gurugú. No era sólo la expresión del poderío del ejército español sobre las hordas cabileñas sino, y esto era lo más importante, el preámbulo de la paz: La guerra se había ganado y eso había que celebrarlo. “Se comprende la alegría que ese brillante hecho de armas ha ocasionado, no sólo por lo que afecta al honor nacional, sino también porque una gran masa de la Nación cree que ese es el término de la guerra”, señaló “El Heraldo de Madrid” en su editorial del 1 de Octubre.

La noticia de la toma del Gurugú se dio en grandes titulares por toda la prensa valenciana el día 30, aunque los rotativos vespertinos ya la anunciaron el día anterior. En casi todos los municipios se celebró la conquista del Gurugú. En Valencia el capitán general ordenó que la banda del regimiento Guadalajara recorriera las calles del “Cap i casal”, y el alcalde dispuso que la Banda Municipal hiciese lo mismo.

Al mismo tiempo se reconocía que tras la victoria había llegado el momento de tomar otro tipo de medidas, las cuales pasaban por poner a trabajar en asuntos productivos a todos los moros rifeños: Había que ocuparles en obras destinadas a la construcción de carreteras, ferrocarriles, etc. “La misión civilizadora de España en Marruecos es grande e importante. Nuestros gobernantes deben preocuparse de que también sean reproductivos los sacrificios que han exigido y que todavía han de exigir”.

Incomprensiblemente, como sucedería 60 años después en el Valle de Ashau, los soldados se retiraron del Gurugú pocas horas después de ocuparlo, arriando la bandera. Y lo peor fue que, durante la retirada, se registraron bastantes bajas. La precipitada retirada sorprendió a propios y extraños españoles, teniendo en cuenta que aún estaban celebrando su conquista…

No obstante, la alegría y la exaltación patriótica se acabaron el 2 de Octubre. Ese día la prensa informó sobre el sangriento combate entre tropas españolas y cabileños en el monte Uiksan. Se había obtenido una victoria, pero las bajas habían sido muchas (ya el 30 de Septiembre infligió a nuestras tropas otro duro castigo en el Zoco el Jemis de Beni bu Ifrur, en cuyo combate perdieron la vida el General Díez Vicario, 3 Oficiales y 28 de Tropa). Demasiadas para un país que ya daba la guerra por terminada. El realismo sustituyó de golpe al optimismo. “El ataque del monte Uiksan -se señaló en la prensa-, no será el último de su género y la opinión española debe estar dispuesta a recibir con toda serenidad, tanto las noticias favorables como las adversas de la guerra”. El mensaje era claro. Había guerra para rato. Sobraban, por lo tanto, las celebraciones y las fiestas patrióticas. La muerte en campaña del general Díez Vicario y la Semana Trágica de Barcelona -que fueron desatados por los dirigentes (que tan sólo habían convocado una jornada de paro en el lunes 26 de julio) al llegar a esa ciudad las primeras noticias de los combates del barranco del Lobo el día 27- enfriaron el ardor patriótico suscitado por las victorias reseñadas. Las acciones militares continuaron durante los años 1.911 y 1.912 bautizadas pomposamente como la “Guerra del Kert”…

En 48 horas se pasó de la exaltación más rabiosa hacia el Ejército, la Marina, el rey y el Gobierno a un pesimismo aplastante. Y es que, la tan celebrada toma del Gurugú apenas pudo ser rentabilizada por un gobierno que, para los principales analistas del país, naufragaba. Uno de los más destacados intelectuales del momento, Benito Pérez Galdós, se encargó de remover las conciencias a través de un artículo que toda la prensa nacional publicó el 7 de Octubre. Bajo el título “Al Pueblo Español”, Galdós dejaba clara su postura ante una guerra que consideraba inútil y llamaba a una toma de postura clara y activa ante un gobierno que había perdido el rumbo: “Forzoso es que alguien, sea quien fuere, clame ante la faz atónita del pueblo español, incitándole a contener enérgicamente las insensateces de los que trajeron la guerra del Riff, sin saber lo que traían”.

La Marcha militar "La Toma Del Gurugú" (1.909) con música de maestro Pascual Marquina Narro y letra de José Jackson Veyán conmemora dicha gesta:

“¡Gloria a los soldados que luchar supieron
dando sobre el campo pruebas de valor!
¡Gloria a los valientes que su sangre dieron
escuchando sólo la voz del honor¡
¡Esos mismos bravos que el ardor remoza
y la cuesta suben al hombro el fusil
son los de Numancia, los de Zaragoza
que de gloria cubren las cumbres del Riff.

Ese clarín que suena ronco y marcial
es el León de España que ruge ya.
Y óyense entre esas notas del corazón
los himnos y la Jotas de la nación.

No me llames madre mía,
a mí no me llames madre mía
que hoy mi madre no eres tú,
mi madre es esa bandera
clavada en el Gurugú
¡Que viva España¡ ¡viva la guerra!
que de laureles cubre esta tierra
Con la retreta cesa el luchar,
rompe la Diana su aire marcial
¡Patria! grita mi bandera
¡Patria! grita mi bandera
¡Madre! Dice el corazón
perdóname viejecita
¡me voy con mi Batallón!
¡Gloria a los soldados que luchar supieron
dando sobre el campo pruebas de valor¡
¡Gloria a los valientes que su sangre dieron
escuchando solo la voz del honor!”

El 25 de Noviembre, instado por el nuevo gobierno liberal, que deseaba acabar la campaña cuanto antes, el general Marina ordenó una última operación combinada para la ocupación del collado de Atlaten, de valor estratégico por ser el vértice dominador de las minas de Beni Bu Ifrur y la meseta de Taxuda, también importante por ser la verdadera llave del monte Gurugú. Estas acciones se desarrollaron con éxito y sin disparar ni un solo tiro. En el mes de Noviembre siguieron destinándose soldados a Melilla, pero todos ellos iban a cubrir bajas en el ejército de operaciones, la mayoría ya por enfermedad. En la medida en que los combates se hacían menos frecuentes, las camas de los hospitales de Melilla eran ocupadas por enfermos y no por heridos. Y, como estos, los menos graves fueron trasladados a hospitales de la Península.

El 26 de Noviembre, una vez ocupada la meseta de Atlaten, el Gobierno dio por terminada oficialmente la campaña militar en el Rif, aunque las operaciones continuaron hasta el 17 de Diciembre de 1.909, día en se consideró que la zona prevista había quedado pacificada: Las sucesivas victorias del Ejército español convencieron al Sultán para enviar una comisión de caídes a Melilla, para que después de conferenciar con el general Marina, interponer su influencia con los principales jefes de la harka y se rindieran. No obstante, lleno de ira y frustración, el imán Schaldy reunió su harka y la conminó a la Guerra Santa. Pero los cañonazos desde el fuerte de Camellos y la cercana explosión de dos proyectiles, convencieron a todos de que más que la guerra les importa salvar su pellejo, sus casas y familias, y le dejaron solo… Finalmente, en el zoco El-Had es donde se celebra el acto de sumisión de las cábilas de Beni-Sicar ante el general Marina. Éste preguntó qué significaba dicha visita, contestándole que deseaban el perdón de España. “Yo os lo concedo en su nombre -repuso el general- y deseo que os hagáis con vuestra buena conducta dignos de la protección que se os concede”. El Rif quedaba pacificado. La guerra terminada.

Los batallones fueron recibiendo la orden de regresar a la península, incluso antes del final. Así, por ejemplo, el de cazadores de Barcelona recibió la orden el 15 de Diciembre y embarcó en Melilla el 17. El día 19 de Diciembre fue para Barcelona un día de inmenso júbilo: El "Alfonso XII", trasatlántico que conducía a las tropas, entraba en el puerto a las ocho de la mañana. Al batallón de cazadores de Alba de Tormes le tocó desfilar por la Rambla de las Flores. El 21 embarcó el batallón de Estella; el 16 de Enero de 1.910 reembarcó el de Arapiles que, tras su llegada a Madrid hizo junto con la Brigada entera una entrada triunfal el 22 de ese mes.

La harka rebelde se había disuelto y las cabilas de Guelaya y Quebdana, las provincias limítrofes con Melilla, prometieron sumisión a España. Pero al otro lado del río Kert, en el Rif occidental, se empezaba ya a gestar la siguiente rebelión…

La guerra de Melilla fue considerada victoriosa y así fue celebrada. Pero las tropas españolas pagaron un fuerte tributo pues sufrieron 252 muertos (2 Generales, 11 Jefes, 31 Oficiales y 208 Suboficiales y Tropa) y 1.551 heridos (9 Jefes, 85 Oficiales y 1.457 Suboficiales y Tropa). Total, 1.803 caídos en acción a los que, desde este Foro rendimos sentido y sincero homenaje.



[1] En la noche del 26 al 27 de Julio, los rifeños consiguieron levantar una parte de la línea férrea ya construida, lo que motivó que desde Melilla salieran dos columnas, una al mando del coronel Fernández Cuesta y otra integrada por tres batallones de la Brigada de Madrid recién desembarcada, al mando del general Pintos. Esta última fue atacada por las cabilas rebeldes y –atrapada en el barranco- prácticamente aniquilada.
[2] Se sabe poco del “Moro Gato”: La historia de este Asmani comienza el 5 de Enero de 1.894, cuando un presidiario de la “Guerrilla de la Muerte” que organizó el Capitán Ariza, perteneciente a la Brigada Disciplinaria, le cortó las orejas sin mediar pelea alguna ni nada por el estilo. Acto seguido el General Martínez Campos en consejo sumarísimo condenó a muerte al causante del atropello y mandó fusilarlo… Desde ese momento fue incondicional de España. El joven Asmani, en los primeros años del siglo fue partidario de El Rhogui prestando grandes servicios a España como confidente. Recibió varias condecoraciones, entre ellas la medalla de Alfonso XII. Al final de la campaña de 1.909 fue invitado por el Gobierno Español en Madrid… Todo esto, que es bien poco, es una recopilación de informaciones firmadas por varios autores de prestigio, además de la revista "España en sus Héroes" de la Editorial Organigraf, Madrid.

[3] La Policía Indígena, se distinguió en la toma del Gurugú, en el combate de Tardirt y en la ocupación de la península de Beni-Sicar hasta el Cabo Tres-Forcas.

miércoles, 8 de mayo de 2013

La Laureada de un BOINA ROJA



NO SÓLO LOS BOINAS VERDES… LA LAUREADA DE UN BOINA ROJA.

Las biografías de película no son, valga la redundancia, única y meramente “de película”. Con la presente, aparte de recordar y rendir homenaje al Requeté laureado, mostramos que la realidad supera en ocasiones a la ficción:

Los REQUETÉS fueron soldados carlistas durante la Primera Guerra Carlista, en España. A principios del siglo XX, la milicia carlista adoptó este nombre, siendo más tarde llamadas así las fuerzas navarras que participaron en el bando franquista durante la guerra civil.

Los primeros cuatro batallones carlistas que se formaron en el otoño de 1.833 al iniciarse la Primera Guerra Carlista recibieron motes para distinguirse entre ellos, dada la ancestral costumbre existente en Navarra de dar mote a todo. Los motes de estos cuatro batallones fueron “Salada”, “Morena”, “Requeté” y “Hierbabuena”. Sobre el extraño mote sin raíz “Requeté”, escritores contemporáneos dicen que, debido al pésimo estado en que se encontraba la vestimenta del tercer batallón tras las escaramuzas habidas a finales de 1.833 en las montañas navarras cuajadas de matorrales, los de los otros batallones se reían de ellos y les cantaban: “Tápate soldado, tápate, que el culo se te ve”... Los de este batallón tomaron a bien esta burla y la convirtieron en su canción. Pero al entrar en un pueblo, para no escandalizar a las mujeres, cambiaban la letra y cantaban: “Tápate soldado, tápate, que se te ve el requeté”.

A principios del siglo XX varias organizaciones carlistas utilizaron esta denominación para ellas o sus publicaciones periódicas en distintos lugares de España: Cataluña, Aragón o Andalucía. Una de ellas fue fundada por Joan María Roma como una organización juvenil del carlismo en 1.907. Tenía como órgano de expresión a “Lo Mestre Titas”.

Bajo la dirección de Joaquín Llorens se convirtió a partir de 1.913 en la organización paramilitar del carlismo siguiendo el ejemplo de los “Camelots du Roi”, la organización juvenil de extrema derecha de Action Française. Mantuvo escasa actividad en los años de la I Guerra Mundial, reactivándose en 1.920 bajo la dirección de Juan Pérez Nájera y, sobre todo, tras la proclamación de la Segunda República Española, fundamentalmente en Navarra, donde había unos 10.000 requetés organizados.

En 1.932, José Enrique Varela se hizo cargo de la jefatura de los requetés, a los que estructuró militarmente: Desde la unidad básica, la Patrulla (que se componía de 5 boinas rojas y un jefe), el Requeté que formaba una compañía de 246 hombres y, por último, el Tercio que estaba formado por tres compañías. Ricardo Rada se puso al cargo de la organización en 1.935 y en Julio del 36 los requetés sumaban 30.000 hombres.

El 15 de Abril de 1.934, se celebró el Acto de Quintillo en Sevilla, que consistió en la presentación pública y desfile de la milicia armada carlista. En dicho acto, participaron 650 boinas rojas andaluces, uniformados e instruidos militarmente, que supuso una exhibición sin precedente a la que asistieron los dirigentes carlistas nacionales, para demostrar la fuerza que tenía el requeté fuera de sus feudos tradicionales.

Durante la Guerra Civil los tercios de requetés, que combatieron junto a Franco, tuvieron una actuación destacada. En total se constituyeron 41 tercios: 10 compuestos por navarros, 8 por vascos, 8 por castellanos, 7 por andaluces, 6 por aragoneses, 2 por asturianos y 1 por catalanes. Los nombres de todos ellos se encuentran grabados en las estaciones del Vía Crucis de Montejurra. Se calcula que alrededor de 60.000 requetés participaron en la Guerra Civil y de ellos unos 6.000 murieron.

Fuente: Wikipedia.

BOFILL, LOS HECHOS:

Bofill, el día 24 de Agosto de 1.937 formaba parte de los defensores de Codo, sector de Belchite, en unión de 180 Requetés, y en las primeras horas de la mañana fueron atacados por el enemigo, rechazándose con el mayor entusiasmo los intentos de asalto del contrario, que en ruda y continua lucha duraron todo el día, reanudados al siguiente con mayor intensidad por ambas partes.- Ante un enemigo que pasaba de los 8.000 efectivos, que disponía de artillería, 13 tanques, morteros, ametralladoras y caballería, que atacaba por todas partes y los escasos defensores se veían por momentos más comprometidos, teniendo que rechazar los intentos de asalto a las posiciones, escaseando las municiones y cortada toda comunicación con Belchite, el Jefe de la misma acordó mandar un enlace al Jefe del Sector (Belchite) para comunicar la situación, así como la escasez de municiones y personal, presentándose voluntariamente para tan difícil y arriesgada misión el Requeté Bofill, el que no dudó en salir sin armas para evitar que cayeran estas en poder del enemigo, por tener que atravesar sus líneas, lanzándose fuera de la posición no obstante el peligro que le envolvía, armándose después con otras del enemigo y utilizando bombas de mano.


En el desempeño de su arriesgada misión, llegó este valerosos requeté a luchar a cuerpo descubierto hasta que agotadas las municiones, se desvió de su camino, internándose en unos olivares a través de los cuales logro llegar a Belchite, tras atravesar no solo la carretera de este punto a Codo, sino también la de Zaragoza, donde ya había fuerzas enemigas.....- Para efectuar el recorrido entre Codo y Belchite, que distan en línea recta unos 5 kilómetros hubo de hacer Bofill una desviación de unos 11 kilómetros aproximadamente, todos ellos en zona enemiga. Ya en Belchite -y cumplida la misión que a esta Plaza le llevara., se unió a las fuerzas defensoras de la misma, tomado parte muy activa y destacada por su arrojo y valor en la defensa de la citada plaza, en la que resulto herido tres veces, una de ellas grave, no consintiendo su hospitalización, desoyendo los consejos del médico y manifestando en el acto de la cura: " Mi posición sólo puede defenderse con bombas de mano; yo las tiro muy bien y hago falta allí" Pero, no obstante, la gravedad de su última herida le hizo caer prisionero de las fuerzas enemigas, al ocupar éstas Belchite, siendo condenado a muerte y conmutada la pena. Al liberarse Cataluña fue trasladado a un campo de concentración en Francia. No obstante, se fuga del mismo este valeroso requeté Catalán, regresando a España presentándose al Tercio de Nuestra Señora de Montserrat en los primeros meses del año 1.939.

Como resultado del expediente de juicio contradictorio instruido al efecto y de conformidad con los propuesto por la asamblea de la Real y Militar Orden de San Fernando y por el Ministro del Ejercito, Su Excelencia el Jefe del Estado Generalísimo de los Ejércitos Nacionales se ha dignado conceder la Cruz Laureada de San Fernando, colectiva, como comprendidas en el artículo 76 del Reglamento de la Orden, a las Primera y Segunda Compañías del Tercio de Requetés de Nuestra señora de Montserrat, y a las 18 y 21 falanges de la Segunda Bandera de Falange de Aragón, por su heroico comportamiento en la defensa de Codo y Belchite, durante los días 24 y 25 de Agosto de 1937.
Madrid, 12 de Noviembre de 1.943 - Asencio
 
Transcribimos la entrevista que realizó José Luis Larrión:

DESPUÉS DE LA ACCIÓN DE CODO, ME ASCENDIERON A CABO.

Un requeté, Caballero Laureado, don Jaime Bofill Gasset Amell, espigado, con botas de media caña, se pasea por Estella. Sobre el pecho, la laureada individual. Le asediamos:

- ¿Usted es carlista?
- De siempre. Mi padre, también lo era.

- ¿Cuándo y cómo conquistó esa Laureada?
- En la acción de Codo, el 27 de agosto de 1937. Estaba con el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat cuando los rojos avanzaron para tomar Zaragoza. Nosotros, un tanto desperdigados por una serie de pueblecitos, les dimos la batalla. Nos cercaron y fue precisamente por ese querer tomar nuestras plazas insignificantes y flojas, por lo que no consiguieron su propósito. Al día y medio, no teníamos municiones. Pidieron un voluntario para llevar un mensaje a Belchite y salí yo. Mal que bien, después de atravesar su propia zona, volví con la respuesta, aunque había recibido dos heridas a la ida y tres al regreso. Invertí cuatro horas para ir y de tres a cuatro a la vuelta.

Posición Monte Calvario (Codo)
- ¿Cuántos quedan de aquella acción, de aquel Tercio?
- Creo que de los 43 que se salvaron entonces, viviremos ahora unos doce.

- ¿Hubo alguna otra condecoración?
- Si, el Capitán Salas Paniello, hoy General, también recibió la Medalla Individual.

- ¿En qué proporción estaban?
- Unos tres mil, contra ochenta o noventa mil…

- ¿Le ha supuesto mucho la condecoración?
- Sí, sobre todo en lo moral.

- ¿Cuándo se la impusieron?
- El 26 de Enero de 1.943.

- ¡Le ascenderían!
- Sí. Me hicieron cabo, pues era boina roja sin distintivos.

- Pero, según mis noticias le sorprendió la guerra en zona roja.
- Efectivamente. Me fui a Francia y a los siete días conseguí llegar a España por Dancharinea, presentándome al General Moià con una carta del General de los Andes. Me pasé un mes de chófer, pero como yo no había venido para eso, conseguí llegar al frente.

Con él se encuentra su mujer, Vicki Lizárraga, hija también de un gran carlista: Don Tirso Lizárraga, de Bearin. Pero ella había nacido en Filipinas y no tenía la menor idea de qué significaba la condecoración:
- Cuando una amiga fue a presentarnos, lo hizo señalando lo de la Laureada individual. Yo no sabía interpretar su valor.

- Entonces ¿qué fue lo que le atrajo?
- La persona. Él.
Requetés en Codo

Al salir nos encontramos, también en la casa de Martinicorena con don Luis Costa Camps, Presidente de la Hermandad Nacional de Antiguos combatientes de Requetés en Cataluña. También él conoció la odisea. Eran compañeros de armas. Requetés los dos, y continúan requetés y compañeros:
- Agregue algo…
- Antes de que Jaime saliera voluntario para le empresa, ya había otros dos enlaces que murieron en el empeño. A éste lo hicieron prisionero, pero pudo escapar y cumplir la difícil misión.

- Muchas gracias”.

Para saber más:
carlismecatala.blogspot.com

DIOS, PATRIA, FUEROS, REY.

REQUETÉ:
A MORIR O VENCER POR LA FE.
A MORIR O VENCER POR EL REY.